En este último caso se hallan la especie consignada por el abad Gordillo al afirmar que el Cardenal «aiudó á los Reies Cathólicos con dineros que por medio de Christóual Colon tratasen del descubrimiento de las Indias;» la no menos fantástica, que leemos en W. Irving, de que Mendoza, cuando se le habló de los proyectos de Colón, se alarmó vivamente, creyendo vislumbrar en ellos algunas proposiciones heréticas; y por último, la novelesca suposición del Conde Roselly de Lorgues, de que el Cardenal «dès qu’il eut vu Colomb, il comprit sa supériorité», sin necesidad siquiera de conocer sus intentos, «au premier coup d’œil» únicamente.
Hay que añadir á estas patrañas la popular conseja, que aún hoy circula so color de hecho histórico, á pesar de las sólidas impugnaciones de Navarrete, vulgarmente conocida con el nombre de El huevo de Colón, que se supone haber ocurrido en un banquete con que obsequió en Barcelona al primer Almirante de las Indias, al regreso de su primer viaje, el gran Cardenal de España. Banquete imaginario, á cuya divulgación ha contribuído no poco la conocida estampa de Teodoro Bry, tan imaginario como las invenciones mencionadas en el párrafo precedente.
En cambio, los hechos que nos cuenta Fernández de Oviedo, aun prescindiendo de la autoridad que les presta el testimonio de su autor, conforman perfectamente con las condiciones y prendas personales del Cardenal Mendoza, y se comprueban al mismo tiempo por hechos análogos y por circunstancias históricas íntimamente relacionadas con ellos.
La privanza de Alonso de Quintanilla con el Cardenal, y la de éste con los Reyes, hechos son de absoluta evidencia en la historia de aquella época. Nada, pues, menos extraño que fuese conocido Colón del Cardenal por intercesión de Quintanilla, y de los Reyes por mediación del Cardenal, ó del Cardenal y Quintanilla á un tiempo.
Las audiencias dadas por Mendoza á Colón, aun sin recomendaciones especiales al efecto, habrían seguramente existido, no sólo por la naturaleza del asunto de que se trataba y las obligaciones que el alto cargo que el Canciller Mayor de Castilla desempeñaba le imponían, sino también porque en aquellos tiempos era quizá más fácil que hoy el acceso á los grandes personajes, incluso los mismos Reyes, máxime por lo que respecta al gran Cardenal, de quien sabemos que «notóse mucho dél que nunca tuvo ora ynpedida ni retirada para el que le hubiese menester hablar, ni nunca negó su ayuda ni haçienda al que llegase á él con neçesidad della.»
Es posible, mejor dicho, natural y lógico, que en dichas audiencias conociese los talentos de Colón; más todavía: la naturaleza é importancia de sus proyectos, si no con la profundidad y amplitud que las personas especialmente versadas en las ciencias, al menos con perspicacia y cultura propias de su elevada inteligencia.
Habituados como estamos á representarnos solamente al gran Canciller en los consejos de la Corona y en los campos de batalla, hemos llegado á olvidar ó desconocer al hombre inteligente y culto en otros órdenes, y al favorecedor de las ciencias y de las letras. Heredero de las aficiones literarias de su ilustre padre el gran Marqués de Santillana, fué Mendoza de todos los hijos del docto prócer el que mostró más favorables disposiciones para los estudios, por cuya razón fué enviado á Salamanca, donde cursó Cánones y Leyes y se ejercitó en el manejo de los clásicos, con tal aprovechamiento, que su padre le encargaba la traducción de algunas obras (son sus palabras) «por consolaçión y utilidat mía e de otros», «En la prosa castellana tenía harto buena elegancia clara, donde se muestra su entendimiento y eloquencia», escribía el más antiguo de sus biógrafos. De su protección á los estudios habla por todas las memorias que podría citar aquí la fundación del colegio de Santa Cruz de Valladolid, uno de los más notables que España ha tenido. Especialista, digámoslo así, para distinguir los hombres de mérito, y generoso sin medida para favorecerlos, Cisneros, Deza, Talavera, Quintanilla, y tantos otros varones insignes como enaltecieron el reinado de los Reyes Católicos, debieron, en todo ó en parte, su encumbramiento al insigne Prelado de Toledo. ¿Qué extraño, pues, que quisiese favorecer también los proyectos de Colón? Lo extraño, precisamente, hubiera sido lo contrario.
Pero los proyectos del gran navegante, así en el orden de la ciencia como en la esfera política, requerían amplias y maduras deliberaciones por parte de los sabios y estadistas, y á ellos debían ser y fueron confiados. Ni los Reyes ni el Cardenal-Ministro debían resolver de plano, por pura simpatía, cuestiones tan nuevas y tan graves. Así, pues, la obra personal de Mendoza, como la de la Reina, sobre todo en los comienzos de la negociación, no podía ir más allá de las favorables inclinaciones que sentían en pro de la empresa, dejando su resolución á la competencia de los doctos.
Y no se diga á este propósito que el Cardenal lo podía todo con los Reyes: que ni en la paz ni en la guerra determinaron nunca nada de importancia sin su parecer, ni se dió el caso de que le negaran jamás cosa que les suplicase. Todo esto es verdad; pero no lo es menos que el Cardenal-Arzobispo mereció siempre tal valimiento, no sólo por su fidelidad y sus servicios verdaderamente incomparables, sino ante todo y sobre todo por la madurez y prudencia con que trataba los negocios, oyendo siempre el dictamen de sabios y letrados, á los que tenía por costumbre encomendar el examen de las cuestiones arduas, entre las cuales ningunas tanto como las cuestiones colombinas. Lo que sí puede decirse que en la resolución de éstas, en el terreno político y de Estado, debió entrar por mucho la intervención y el parecer del Canciller Mayor de Castilla, no sólo por razón de su cargo, sino por sus merecimientos y prendas personales.
Era el Cardenal Mendoza como Ministro lo que los Reyes Católicos como soberanos. Pocas veces en la historia de España se ha dado el caso como entonces de adecuidad tan proporcionada y excelente. Noble, sacerdote, militar, político, letrado, Mendoza reunía en su persona las condiciones necesarias para estar al frente del Gobierno de Castilla en época como la suya, y ejercer universal influjo en todos los órdenes de la sociedad española.