No quiero entrar tampoco en el examen de este documento, ni siquiera en el de la acusación de falsario que se deduce de las palabras transcritas. Consideraré á Diego Méndez, como sus padrinos pretenden, esto es, como «honrado caballero y buen cristiano, incapaz de decir bajo juramento una cosa por otra; declaró ser Don Cristóbal natural de Saona; pues por cierto lo tuvo.» Perfectamente, añadiremos nosotros: lo tuvo por cierto del mismo modo y con iguales fundamentos que otros honrados caballeros y buenos cristianos como él tuvieron por cierto igualmente que Colón nació en Cugureo, en Nervi, en Génova, ó en otras partes de la antigua Señoría. Pero en estas cuestiones no se trata de si es ó no buen cristiano ni honrado caballero; se trata de verdades históricas, y de las pruebas y fundamentos en que descansan.

Por otra parte, después de decirnos Colón cuál fué su patria, ¿cabe sostener sin pruebas en contrario el simple dicho de Méndez ni de nadie? Aun en el terreno mismo en que se quiere colocar la cuestión, si la autoridad de Méndez proviene únicamente de ser honrado caballero y buen cristiano, ¿es que Colón no fué igualmente caballero honrado? Y sobre todo, ¿cómo se acredita que sabía Méndez mejor que Colón dónde este había nacido?

Así, pues, los documentos de las Órdenes Militares, lejos de venir á resolver una cuestión siglos ha fallada por sentencia firme, han venido á enredarla de nuevo, ofuscando aparentemente y por el momento las nociones sólidas y positivas que, afortunadamente, poseíamos. ¡Ojalá que todas las cuestiones colombinas fueran tan claras como la de la patria del gran navegante!

ESPAÑOLISMO DE COLÓN

A la terminación de las fiestas onubenses de Agosto, salieron para Cádiz, á bordo de El Piélago, los Almirantes de las escuadras italiana, portuguesa y española. íbamos con ellos los individuos de la Comisión encargada de examinar los archivos gaditanos, para escoger los documentos que debieran figurar en la Exposición Hispano-Americana. La Compañía Transatlántica nos obsequió espléndidamente, como acostumbra. Llegó, en el banquete, la hora de los brindis: húbolos entusiastas, señaladamente los de los italianos y portugueses. La bondad del Almirante español, mi respetable amigo D. Zoilo Sánchez Ocaña, me concedió la honra de responder á estos brindis, á nombre de los españoles: «Brindo, dije, por las tres patrias de Colón: la de su nacimiento, Italia; la de su iniciación, Portugal; la de su gloria, España.»

De éstas, las verdaderamente patrias, las que Colón amó como tales, reservando para ellas los tesoros de sus afectos y memorias, fueron, á no dudarlo, Italia y España, ó, en términos exactos y precisos, Génova y Castilla: el cariño por la una fué siempre compatible, como era natural y debido, con el amor de la otra, así en su corazón como en los hechos de su vida.

Pero la patria castellana, después del descubrimiento, había de ser para él la principal, y lo fué seguramente. En 1498, en la Institución del mayorazgo, lo consignaba así, del modo más explícito y terminante. He aquí sus mismas palabras: «Item: mando al dicho D. Diego (su primogénito), ó á quien poseyere el dicho mayorazgo, que procure y trabaje siempre por la honra y bien y acrecentamiento de la ciudad de Génova, y ponga todas sus fuerzas e bienes en defender y aumentar el bien e honra de la república della, no yendo contra el servicio de la Iglesia de Dios y alto Estado del Rey ó de la Reina, nuestros Señores, e de sus Sucesores.» Nada, pues, más justo que mantener vivo el afecto de su tierra natal, pero colocando sobre este afecto la Religión y España. No fué, pues, Colón, ni renegado del país donde nació, ni ingrato y desleal con su nueva patria. La compatibilidad de ambos afectos, así como el orden y subordinación que entre uno y otro establece honran sobremanera á la justicia y nobleza de su alma.

¿Existieron igualmente ese orden y esa subordinación en los hechos del primer Almirante de las Indias? Ó en otra forma: ¿fué siempre Colón fiel á sus Reyes, á su patria adoptiva? No vacilo en responder afirmativamente, sin reservas ni limitaciones de ningún género, sino del modo más estricto y categórico. Si en dos ocasiones distintas fué tachado de desleal y traidor por la malicia y malquerencia de algunos, la primera cuando arribó á Lisboa al regreso de su primer viaje, diciéndose que había ido allí para dar las Indias al Rey de Portugal; la segunda cuando fué despojado por Bobadilla del gobierno de la Española, suponiéndose, entre otros cargos, que había tratado de alzarse con la soberanía de las islas, bien pronto se vió, en el primer caso, que no había ido á Lisboa con tal propósito, ni siquiera por obra de su voluntad, sino de la tormenta que allí le arrojó sin velas. Y por lo que toca al segundo, no cabe en manera alguna poner en tela de juicio la lealtad del Virrey de la Española á sus Reyes y á su patria castellana; el mismo P. Las Casas, que tan duramente censura otros actos del Almirante, es el primero en reconocer y proclamar resueltamente su intachable fidelidad. «Verdaderamente—escribía—á lo que del yo entendí, y de mi mismo padre, que con él fué cuando tornó con gente á poblar esta isla Española el año de 93, de otras personas que le acompañaron y otras que le sirvieron, entrañable fidelidad y devoción tuvo y guardó siempre á los Reyes