El 18 de Enero de 1892 dió la suya el Ministro de Méjico, primer americano que ha subido á la cátedra del Ateneo. El nombre y la persona del General Riva Palacio eran ya bien conocidos por los años que lleva de residir en España el distinguidísimo mejicano. Sus dotes poéticas y sus facultades oratorias han podido ser apreciadas más de una vez, así como su interés vivísimo en estrechar los vínculos de Méjico y España, acreditado especialmente en la participación activa y preferente que viene tomando en todo lo relativo á la celebración del Centenario. Las personas peritas en los estudios históricos tenían noticia de sus trabajos referentes á los Orígenes de la raza mejicana, leídos en la Real Academia de la Historia, que habían promovido interesante controversia por sus conclusiones favorables al autoctonismo de las primitivas razas mejicanas, y conocían también su erudita Historia de la dominación española en Méjico. El insigne General Arteche, en su magnífica conferencia sobre La conquista de Méjico, leída en el Ateneo en la semana anterior, había mencionado repetidamente con elogio esta última obra. Meses antes el Sr. Vilanoba se refirió con frecuencia á la anterior sobre los Orígenes de la raza Mejicana.
La conferencia del General Riva Palacio, así por su abundante y selecta erudición como por la elocuencia de la forma, rivaliza dignamente con las mejores que el Ateneo había escuchado anteriormente. El sentido critico del ilustre conferenciante, informado en la doctrina de la sociología positivista, puede prestarse á animadas polémicas; pero cualquiera que sea el punto de vista desde el cual se le considere, hay que reconocer forzosamente que estuvo representado á gran altura.
En sentir del Sr. Riva Palacio, existe «extraña semejanza entre el gran cambio religioso de los pueblos de América, y sobre todo de la Nueva España, con el progreso rápido y sangriento del islamismo, no sólo en los días en que Mahoma sujetaba la Arabia, sino durante el tiempo de sus sucesores, cuando Omar gobernaba á los creyentes; afirmando asimismo que no arrancó á los pueblos venidos del culto de los ídolos la predicación del apóstol, sino la espada del conquistador y el hacha y la tea del soldado, que derribaban al Dios de los altares, y ponían fuego á los adoratarios.»
En otro lugar escribe que «los conquistadores españoles sabían también á qué atenerse respecto á la fe religiosa de los vencidos; pero con una política verdaderamente hábil, contentáronse casi siempre con la aparente conversión de los indios, dejando á los misioneros el cuidado de explorar á aquellas conciencias, de cultivar en ellas las semillas del Cristianismo y de entregar á las llamas los templos de los ídolos, y hasta los recuerdos de los tiempos de la idolatría.»
Esta segunda afirmación es más conforme con la verdad histórica, reconocida y consignada ya en publicaciones anteriores por escritor tan competente como García Icazbalceta, quien, á este propósito, escribía lo siguiente: «La Cristiandad se había fundado en México por orden no común. Lo más ordinario en la predicación del Evangelio es que sus ministros se abran paso lentamente, en lucha continua contra el poder de gobiernos despóticos y contra el apego de los infieles á sus heredadas creencias. En la Nueva España fué muy diverso el caso. La predicación evangélica contaba con todo el apoyo del poder civil; las armas le habían allanado el camino, y no podía temer persecución general, si bien no le faltaron contradicciones, nacidas del carácter de algunos gobernantes y de la agitación de los tiempos. Los conversos no arriesgaban, pues, nada en el cambio de religión; antes podían contar por eso mismo con más favor de los señores de la tierra.» Así «el pueblo infiel, lejos de oponer resistencia al establecimiento de la ley cristiana, abrazaba con gusto sus dogmas, y se complacía grandemente en sus prácticas.»
Es verdaderamente notable por la exactitud lo que el General Riva Palacio decía de los frailes que llegaron á las Indias, los cuales «cifraban todo su empeño y encaminaban todos sus trabajos á sólo dos objetos: conversión de los idólatras á la fe cristiana, y protección de la vida y libertad de los vencidos. Fuera de esto—añade—nada les preocupaba ni llamaba su atención. Ningún anhelo de riquezas, ningún empeño por los honores, ningún cuidado por los títulos ni por el fausto; pobres hasta la miseria, abnegados hasta el sacrificio, ni temían concitarse el rencor y el odio de los encomenderos, ni vacilaban en desafiar el enojo de los terribles conquistadores, ni temblaban al levantar sus quejas, no siempre humildes, en favor de sus protegidos hasta el trono del poderoso Emperador Carlos V.» ¡Qué diferencia—añadiremos nosotros—qué diferencia tan radical entre estos medios empleados por el Cristianismo en el Nuevo Mundo y los usados por los musulmanes para la propagación del Islamismo!
Acabó su discurso el distinguido conferenciante con estas palabras, que el numeroso y culto auditorio recibió con grandes aplausos: «El historiador debe decir que el descubrimiento del Nuevo Mundo era una necesidad de la ciencia; su ocupación un derecho de la humanidad, y la conversión de sus habitantes al Cristianismo una exigencia ineludible de la civilización y del progreso.»
Ocho días después, el 25 de Febrero, dió su conferencia sobre el Descubrimiento y Conquista del Río de la Plata el Sr. Ministro del Uruguay. Imaginación brillantísima, corazón entusiasta, poeta de grandes alientos, arrebató á sus oyentes, desde los primeros períodos, con el encanto y la magia de su elocuencia. Las hazañas de Juan Díaz de Solís, de Ayola, de Irala, de Garay y Ortiz de Zárate, tuvieron cantor inspiradísimo en el Sr. Zorrilla de San Martín; la colonización del territorio argentino, tan distinta de la de otras comarcas, expositor inteligente y discretísimo.
Aparte de estos merecimientos, el Sr. Ministro del Uruguay ofrecía á sus oyentes un atractivo mayor en aquellos momentos: el españolismo noble y generoso que rebosaba en sus frases, el entusiasmo con que en nombre del mundo de Colón y de Isabel publicaba muy alto la gratitud americana para con la madre patria. Era aquello un acto tan deseado como oportuno; la correspondencia debida á nuestro cariño, la consagración solemne de la fraternidad hispano-americana.
Y lo que daba más autoridad á sus palabras era el conocimiento que todos tenían de que no las dictaba el artificio retórico, ni las ceremoniosas formas de la cortesía; porque el nuevo Ministro del Uruguay, antes de representar á su país en el nuestro, allá, en su patria, repetidamente en sus discursos, en sus artículos, en sus versos, había hablado igual lenguaje, hijo siempre de sus convicciones y de sus arraigados afectos.