Oir hablar de los Incas á un peruano, por añadidura Vicepresidente actual de la República y ex Presidente del Consejo de Ministros; escuchar de sus labios sentidas y generosas frases para la patria de Pizarro y de la Gasca, en la cátedra de una corporación española y ante un auditorio de españoles, fué un espectáculo tan nuevo, tan hermoso, de tanta trascendencia, que figurará dignamente entre los actos de más valía de la celebración del Centenario.

Séame licito ahora consignar aquí las declaraciones más importantes del respetable Ministro del Perú sobre las relaciones de España y las naciones americanas sus hijas. «Estas conferencias—decía—han tenido por fin algo más que dar veladas ilustrativas en historia y literatura, y es iniciar con estas muestras de exquisita distinción un orden de relaciones entre España y aquellos países, que no sólo sean de franca y sincera amistad, sino de acción real y eficaz para su recíproco desenvolvimiento..... Se quiere que los indisolubles vínculos de origen y de idioma den unidad y solidez permanente á ese gran todo social que formaron España y la América española y que deben continuar siendo unos, por mutuos intereses y conveniencias.»

Reconoce luego que España «envió lo que faltaba á la grandeza deficiente, á la civilización imperfecta que constituían el destruido imperio de las Incas.» «Su rico territorio, bastante bien poblado,—proseguía,—estaba dispuesto á recibir la simiente que en él quisiera depositarse, para corresponder con óptimos frutos. La civilización europea, la luz vivificante del Evangelio, sembraron esa semilla. Hoy el Perú, animado con la vitalidad que lleva á las naciones americanas por el camino del progreso, ofrece á Europa sus casi inagotables riquezas en la minería, sus inmensos y vírgenes terrenos, para recibir emigraciones que los exploten con provecho, la exuberancia de sus productos como materia prima para la industria.»

Más adelante, tratando de la unión de España y el Perú, decía: «Ahora bien: ¿qué lazos de más perfecta unión puede haber entre dos naciones que la identidad que establece la sangre, el idioma, las creencias, los hábitos, las virtudes y los defectos de los pueblos que las forman?»

Y terminaba diciendo: «¡Si los españoles y americanos llegaran á convencerse de esta verdad!; si los Gobiernos, penetrados de ella, dictaran medidas eficaces para conseguir las conveniencias que todos deben reportar, entonces, eso que hasta hoy es una ilusión, sería mañana una halagadora realidad! ¿Qué falta para que esa realidad lo sea? Señores, quererlo, pero quererlo de veras, quererlo resueltamente. Si pudiera yo influir en este sentido, expresando, como lo hago, á nombre del Perú, su deseo, y el mío muy en especial, en apoyo de esta idea; si estas conferencias contribuyeran á alcanzar tan propicios resultados, ello sería motivo de la más pura satisfacción, tanto para los iniciadores de esta grande obra y sus colaboradores como para los Gobiernos que la ejecutaran. Para una nación que pudo descubrir un mundo y hacerlo suyo, no es, no puede ser labor ardua ni difícil recuperar, con los valiosos elementos de que dispone, su antigua grandeza, haciendo también grandes á los que con ella quieran serlo. Para el Perú, que llama á España con inefable complacencia, la madre patria, nada puede serle más grato que contribuir con sus riquezas y sus fuerzas al recíproco engrandecimiento de ambas. Una Reina, que se inmortalizó por su perseverancia y sus virtudes, iluminó la América con los resplandores del Catolicismo y de la ciencia; otra Reina, no menos digna y meritoria, está llamada á completar la obra, haciendo poderosos y felices á dos pueblos que merecen y que deben serlo.»

De manera tan digna y eficaz respondieron los conferenciantes americanos al llamamiento del Ateneo.

COLÓN
EN LAS PUBLICACIONES ITALIANAS DEL CENTENARIO

I