LIBRO XI.
ARGUMENTO.
Nuestro Lucio Apuleyo todo es lleno de doctrina y elegancia; pero este último libro excede a todos los otros: en el cual dice algunas cosas simplemente y muchas de historia verdadera, y otras muchas sacadas de los secretos de la filosofía y religión de Egipto. En el principio explica con gran elocuencia una oración, no de asno, mas de elocuente orador, que hizo a la Luna, y luego la respuesta de la Luna. — La copiosa y muy discreta descripción de la pompa sacerdotal. — La reformación del asno en hombre, comidas las rosas. — La entrada que hizo en la religión de Isis. — La abstinencia de su castidad. — Y otra oración que hizo a la Luna. — Y después la feliz jornada que hizo a Roma, adonde, ordenado en las cosas sagradas, de allí fue puesto en el colegio de los principales sacerdotes. — Hablarán copiosamente, que es difícil a la letra tornarlo en nuestro romance: haya paciencia quien lo leyere, y no culpe lo que él, por ventura, no podrá hacer.
I.
Cómo Lucio cuenta que, venido en aquel lugar de Céncreas, después del primer sueño vio la Luna, a la cual pidió le volviese a su primera forma de hombre.
Siendo ya de noche, yo desperté con un súbito pavor, y vi la luna relumbrando y con un resplandor grande, que a la hora salía de las ondas de la mar. Yo, hallándome solo y con la ocasión de la noche llena de silencio, pensaba que la Luna resplandece con gran majestad, y que todas las cosas humanas son regidas por su providencia, no tan solamente las animalias domésticas y bestias fieras, mas aun los que son sin ánima se esfuerzan y crecen por virtud de su lumbre, y también, por consiguiente, los mismos cuerpos en la tierra, en el aire y en la mar, ahora se aumentan con los crecimientos de la Luna, ahora se disminuyen cuando ella mengua. Pensando yo también que mi fortuna estaría ya harta con tantas tribulaciones y desventuras como me había dado, y que ahora, aunque tarde, me mostraba alguna esperanza de salud, deliberé de rogar y suplicar a aquella venerable diosa me diese su favor. Y luego, quitando de mí toda pereza, me levanté muy alegre, y con gana de limpiarme y purificarme, echeme en la mar metiendo la cabeza siete veces debajo del agua, porque aquel divino Pitágoras manifestó que aquel número septenario era en gran manera aparejado para la religión y santidad, y con el placer alegre, saliéndome las lágrimas de los ojos, suplicábale de esta manera:
—¡Oh, reina! ¡Ahora tú seas aquella santa Ceres, madre primera de los panes, que te alegraste cuando se halló tu hija, y quitado el manjar antiguo de las bellotas, mostraste manjar deleitoso! ¡Ahora tú seas aquella Venus celestial, que juntas los hombres con amor y haces los casamientos para haber generación! ¡Ahora tú seas hermana del Sol, que socorres a las mujeres en sus trabajosos partos! ¡Ahora tú seas aquella temerosa Proserpina a quien sacrificaban con aullidos de noche, y que oprimes las fantasmas con tu forma de tres caras, y refrenándote de los encerramientos de la tierra andas por diversas montañas y arboledas, y eres sacrificada y adorada por diversas maneras! ¡Tú alumbras todas las ciudades del mundo con esta tu claridad mujeril; y criando las simientes alegres, con tus húmedos rayos dispensas tu lumbre incierta con las vueltas y rodeos del Sol! ¡Por cualquier nombre, o por cualquier rito, o nombre que sea lícito llamarte, tú, señora, socorre y ayuda ahora a mis extremas angustias! ¡Tú levanta mi caída fortuna! ¡Tú da paz y reposo a los acaecimientos crueles por mí pasados y sufridos! ¡Basten ya los trabajos, basten ya los peligros, y quítame esta cara maldita de asno, y tórname a hacer Lucio, para que vea y goce de los míos! Y si por ventura a algún dios yo he enojado y me trata con crueldad inexorable, ¡consienta a lo menos que yo muera, pues que no me conviene que viva!
En esta manera habiendo hecho mis rogativas, tornome otra vez a venir gran sueño, y acosteme en el mismo lugar donde antes había dormido, para reposar y pasar la triste noche.
No había yo bien cerrado los ojos, he aquí aquella alegre cara, alzando su gesto honrado, salió de en medio de la mar, y de allí poco a poco su luciente figura, ya que estaba toda fuera del agua, pareció que se puso delante de mí. De la cual maravillosa imagen yo me esforzaré a contar, si el efecto de la lengua humana me diere para ello facultad, o si su divinidad me administrare abundante copia de facundia para poderlo decir.