CORO.
¡Astucia admirable! ¡Inteligencia precoz! Como los aficionados a comer ortigas,[307] hacías tu cosecha antes de volver las golondrinas.
EL CHORICERO.
La mayor parte de las veces no me veían; pero si alguno lo notaba, escondía la carne entre los muslos, y juraba por todos los dioses que nada tenía. Por lo cual dijo un orador que me vio: «Es imposible que ese muchacho no llegue a gobernar la república.»
CORO.
Acertó en su pronóstico. Claro está en qué se fundaba: en que negabas descaradamente el hurto, mientras lo escondías entre las nalgas.
CLEÓN.
Yo reprimiré tu audacia, o más bien, la de los dos. Me arrojaré sobre ti con ímpetu horrendo, y, a modo de violento torbellino, revolveré los mares y la tierra.
EL CHORICERO.
Pero yo formaré con mis chorizos una balsa, y encomendándome sobre ella a las olas propicias, te daré que sentir.