Esta comedia es una de las más notables de Aristófanes y la tercera que compuso, según la más acreditada opinión que la coloca después de Los Detalenses y Los Babilonios[43]. En toda ella se observa una alegría siempre creciente, y verdadera plétora de aquellas sales áticas que tan sabrosa hacen la poesía aristofánica. Las escenas entre Eurípides y Diceópolis y este y Lámaco son de mano maestra en su género, como el lector podrá juzgar por sí mismo, a pesar de lo mucho que con la traducción se desfigura. La pintura viva y animada de las ventajas de la paz debió sin duda hacerla apetecible a los más belicosos. Pero el carácter inconstante y voluble, que Aristófanes echa en cara a los atenienses, hizo sin duda ineficaces sus saludables consejos. ¡Tanta influencia ejercía entonces hasta sobre ciudadanos víctimas de los horrores de la guerra la audaz y arrebatada oratoria de los demagogos!
Esta comedia se representó el año 425 antes de Jesucristo, como lo indican varios pasajes de la misma[44]. Calístrato estuvo encargado del papel de Diceópolis, y la representación tuvo lugar en las fiestas Leneas, que se celebraban en el mes Gamelión (enero-febrero) y ofrecían la particularidad de no admitirse extranjeros a sus espectáculos.
PERSONAJES.
Diceópolis.
Un Heraldo.
Anfiteo.
Un Pritáneo.
Embajadores de Atenas, de regreso de Persia.
Pseudartabas.
Teoro.
Coro de Acarnienses.
Una Mujer, esposa de Diceópolis.
Una Joven, hija de Diceópolis.
Un Criado de Eurípides.
Eurípides.
Lámaco.
Un Megarense.
Muchachas, hijas del Megarense.
Un Delator.
Un Beocio.
Nicarco.
Un Criado de Lámaco.
Un Labrador.
Un Paraninfo.
Mensajeros.[45]
LOS ACARNIENSES.
DICEÓPOLIS[46].
¡Cuántos pesares me han roído el corazón! ¡Qué pocas, poquísimas veces, cuatro a lo más, he sentido placer! Pero mis penas son innumerables como las arenas del mar; veamos, si no, qué cosas me han causado verdadero júbilo. Nunca recuerdo haber gozado tanto como cuando Cleón[47] vomitó aquellos cinco talentos. ¡Qué alegría! Desde entonces amo a los caballeros, autores de esta acción, digna de Grecia[48]. En cambio, experimenté un dolor verdaderamente trágico, cuando después de esperar con tanta boca abierta la aparición de Esquilo[49], oí gritar al Heraldo: «Teognis[50], introduce tu coro.» ¡Golpe mortal para mi corazón! Otra vez gocé mucho cuando a seguida de Mosco[51], ejecutó Doxiteo[52] un aire beocio; pero este año pensó morir víctima del más cruel martirio, viendo a Queris[53] disponerse a cantar al modo ortio[54].
Mas nunca, desde que me es permitido lavarme en los públicos baños[55], me ha picado tanto el polvo en los ojos como hoy, día de la asamblea ordinaria[56], en este Pnix[57], todavía desierto. Allí se están charlando mis conciudadanos en la plaza, corriendo arriba y abajo para evitar la cuerda teñida de rojo[58]. Ni aun los pritáneos[59] vienen; eso sí, en cuanto lleguen, aunque tarde, los veremos empujarse sin consideración, disputarse los primeros bancos de madera[60] y tomarlos como por asalto. De los medios de conseguir la paz, no hay temor de que se ocupen ¡Ah, ciudadanos, ciudadanos! Yo soy el primero que acudo a la asamblea y tomo en ella asiento; y al verme solo, suspiro, bostezo, me desperezo y desahogo a mi gusto[61]; no sabiendo qué hacer, me entretengo en escribir con el bastón en la arena, en arrancarme pelillos, en hacer cálculos; y, mirando al campo, amante de la paz y aborrecedor de la ciudad, echo de menos mi aldea, que nunca me decía: «compra carbón, compra vinagre, compra aceite»; esta palabra «compra» le era desconocida; ella misma lo producía todo, sin este eterno «compra»[62] que me sierra las entrañas. Así es que vengo completamente decidido a gritar, a interrumpir, a insultar a los oradores si hablan de otra cosa que de la paz. Pero ya llegan, aunque al mediodía, los pritáneos. ¿No lo decía yo? Como me figuraba, todos se precipitan sobre los primeros bancos.