DICEÓPOLIS.

¡Eurípides!

EURÍPIDES.

¿Por qué gritas?

DICEÓPOLIS.

¡Ah, compones tus tragedias suspendido en el aire, pudiéndolas hacer en tierra! Ya no me asombra que sean cojos tus personajes[123]. ¿Qué miserables andrajos guardas ahí? Ya no me extraña que tus héroes sean mendigos[124]. De rodillas te lo pido, Eurípides: dame los harapos de algún drama antiguo. Tengo que pronunciar ante el coro un largo discurso; y, si lo declamo mal, me va en ello la vida.

EURÍPIDES.

¿Qué vestidos te daré? ¿Los que llevaba Eneo[125], anciano infeliz, al presentarse a la lucha?

DICEÓPOLIS.

Los de Eneo, no; otros más derrotados.