ESCLAVO PRIMERO.
Callemos. Se me figura haber oído su voz.
TRIGEO.
¡Oh Júpiter! ¿Qué intentas hacer de nuestra patria? ¿No ves que se despueblan las ciudades?
ESCLAVO PRIMERO.
He ahí la manía de que acabo de hablaros. Esas palabras pueden daros una idea de ella; yo os diré las que pronunciaba cuando principió a revolvérsele la bilis. Hablando aquí mismo a solas, exclamaba: «¿Cómo podría yo ir derecho a Júpiter?» Construyó al efecto escalas muy ligeras, por las cuales, sirviéndose de pies y manos, trataba de subir al cielo, hasta que se cayó, rompiéndose la cabeza. Ayer se fue corriendo a no sé dónde, y volvió a casa con este enorme escarabajo, ligero como un caballo del Etna,[238] obligándome a ser su palafrenero. Mi amo le acaricia como si fuese un potro, y le dice: «Pegasillo mío, generoso volátil, llévame de un vuelo hasta el trono de Júpiter.»[239] Pero voy a ver por esta rendija lo que hace. ¡Oh desgraciado! ¡Favor, favor, vecinos! ¡Mi dueño sube por el aire montado en el escarabajo!
TRIGEO (En la escena).
Despacio, despacio; poco a poco, escarabajo mío; refrena algo tu fogosidad; no confíes demasiado en tu fuerza; aguarda a que, después de sudar, el rápido movimiento de las alas haya dado agilidad a tus remos. Sobre todo, no despidas ningún mal olor; si estás dispuesto a hacerlo, más vale que te quedes en casa.
ESCLAVO PRIMERO.