¡Oh, por piedad, Mercurio mío! ¿Qué hacéis vosotros? ¿Estáis atónitos? Hablad, desdichados. ¿No veis que va a denunciarme?
CORO.
¡No, poderoso Mercurio, no, no, no lo harás! Si algún recuerdo conservas del placer con que comiste el lechoncillo que te ofrecí, ten en cuenta mi grata oblación.
TRIGEO.
Deidad poderosa, ¿no escuchas sus palabras lisonjeras?
CORO.
¡Oh, no cambies en ira tu bondad, tú el más humano y generoso de los dioses! Si detestas el ceño y los penachos de Pisandro,[285] acoge propicio nuestras súplicas y déjanos libertar a la Paz. Así te inmolaremos sin cesar sagradas víctimas y honraremos tus altares con sacrificios espléndidos.
TRIGEO.
Vamos, cede a sus ruegos, pues ahora observan tu culto más fielmente que nunca.
MERCURIO.