CORO.

Vete contento. Nosotros entre tanto encomendamos a nuestros servidores la custodia de estos objetos,[320] pues no hay lugar menos seguro que la escena: alrededor de ella andan siempre escondidos muchos ladrones, acechando la ocasión de atrapar algo. (A los criados.) Guardadnos bien todo eso, mientras nosotros explicamos a los concurrentes el objeto de esta obra, y la intención que nos anima. Merecería ciertamente ser apaleado el poeta cómico que, dirigiéndose a los espectadores, se elogiase a sí propio en los anapestos.[321] Pero si es justo, oh hija de Júpiter, el tributar todo linaje de honores al más sobresaliente y famoso en el arte de hacer comedias, nuestro autor se considera digno de los mayores elogios. En primer lugar, es el único que ha obligado a sus rivales a suprimir sus gastadas burlas sobre los harapos, y sus combates contra los piojos; además él ha puesto en ridículo y ha arrojado de la escena a aquellos Hércules,[322] panaderos hambrientos, siempre fugitivos y bellacos, y siempre dejándose apalear de lo lindo; y ha prescindido, por último, de aquellos esclavos que era de rigor saliesen llorando, solo para que un compañero, burlándose de sus lacerías, les preguntase riendo: «Hola, pobrecillo. ¿Qué le ha pasado a tu piel? ¿Acaso un puerco-espin ha lanzado sobre tu espalda un ejército de púas, llenándola de surcos?» Suprimiendo estos insultos e innobles bufonadas, ha creado para vosotros un gran arte, parecido a un palacio de altas torres, fabricado con hermosas palabras, profundos pensamientos, y chistes no vulgares. Jamás sacó a la escena particulares oscuros ni mujeres; antes bien, con hercúleo esfuerzo arremetió contra los mayores monstruos, sin arredrarle el hedor de los cueros ni las amenazas de un cenagal removido. Yo fui el primero que ataqué audazmente a aquella horrenda fiera de espantosos dientes, ojos terribles, flameantes como los de Cinna, rodeada de cien infames aduladores que le lamían la cabeza, de voz estruendosa como la de destructor remolino, de olor a foca, y de partes secretas que, por lo inmundas, recuerdan las de las lamias y camellos.[323] La vista de semejante monstruo no me atemorizó; al contrario, salí a su encuentro y peleé por vosotros y por las islas. Motivo es este para que premiéis mis servicios y no es olvidéis de mí. Además, en la embriaguez del triunfo, no he recorrido las palestras seduciendo a los jóvenes,[324] sino que, recogiendo mis enseres, me retiraba al punto, después de haber molestado a pocos, deleitado a los más, y cumplido en todo con mi deber. Por tanto, hombres y niños han de declararse a mi favor; y hasta los calvos deben por propio interés contribuir a mi victoria; pues si salgo vencedor, todos dirán en la mesa y en los festines: «Llévale al calvo; dale esta confitura al calvo; no neguéis nada a ese nobilísimo poeta, ni a su brillante frente.»[325]

SEMICORO.

Oh Musa, ahuyenta la guerra y ven conmigo a presidir las danzas, a celebrar las bodas de los dioses, los festines de los hombres y los banquetes de los bienaventurados. Estos son tus placeres. Si Carcino[326] viene, y te suplica que bailes con sus hijos, no le atiendas ni le ayudes en nada; considera que son unos bailarines de delgado cuello a modo de codornices domésticas, enanos chiquititos, como excrementos de cabra; en fin, poetas de tramoya.[327] Su padre dice que la única de sus piezas que, contra toda esperanza, tuvo éxito, fue estrangulada a la noche por una comadreja.[328]

SEMICORO.

Tales son los himnos que las Gracias de hermosa cabellera inspiran al docto poeta cuando la primaveral golondrina gorjea entre el follaje; y Morsino y Melantio[329] no pueden obtener un coro: este me desgarró los oídos con su desentonada voz, cuando consiguieron su coro trágico, él y su hermano, dos glotones como las Arpías y Gorgonas, devoradores de rayas, amantes de las viejas, impuros, que apestan a chivo, y son el azote de los peces. ¡Oh Musa! Envuélvelos en un inmenso gargajo, y ven a celebrar la fiesta conmigo.


TRIGEO.

¡Qué empresa tan difícil era la de llegar hasta los dioses! Tengo como magulladas las piernas. ¡Qué pequeñitos me parecíais desde allá arriba; cierto que mirados desde el cielo parecéis bastante malos, pero desde aquí mucho peores!

UN ESCLAVO.