Astuto Mercurio, todo sale a pedir de boca. Corre, pobre muchacho, corre con la bailarina, mientras yo le desato. — Tú, en cuanto te suelte, huye a toda prisa, y refúgiate en casa, entre tu mujer y tus hijos.
MNESÍLOCO.
Esa es cuenta mía, en cuanto me vea libre.
EURÍPIDES.
Ya lo estás. Ahora huye, antes de que venga el arquero y te sorprenda.
MNESÍLOCO.
Ya lo hago.
(Se van Eurípides y Mnesíloco.)
EL ARQUERO.
Viejecita mía, ¡qué hermosa hijita tienes! ¡Lo más dócil, lo más amable!... ¿Dónde está la vieja? ¡Ah, estoy perdido! ¿Adónde se ha ido el viejo? Vieja, viejecita mía, eso no está bien hecho. Artamuxia me ha engañado. Lejos de mí, maldito carcaj. Con razón te llaman así; por ti me ha engañado la vieja.[168] ¡Ay! ¿Qué haré? ¿Dónde está la viejecita? ¡Artamuxia!