¿Y quién será juez?
ÉACO.
Ahí estaba la dificultad, porque hay gran carestía de hombres sensatos. A Esquilo no le agradaban los atenienses.
JANTIAS.
Quizá porque veía entre ellos muchos ladrones.
ÉACO.
Y además no les creía muy aptos para apreciar el ingenio de los poetas. Por fin, encomendaron el asunto a tu señor, como perito en la materia. Pero entremos; pues cuando los amos tienen gran interés por alguna cosa, suelen pagarlo nuestras costillas.
CORO.
¡Oh, qué horrenda cólera hervirá en el pecho del grandilocuente poeta, cuando vea a su facundo enemigo aguzar provocativamente sus dientes! ¡Qué terribles miradas le hará lanzar el furor! ¡Qué lucha entre las palabras de penachudo casco y ondulante cimera y las sutilezas artificiosas! ¡Qué combate de gigantescos períodos con frases atrevidas y pigmeas! Verase al titán erizando las crines de su espesa melena y, frunciendo espantosamente el entrecejo, rugir con poderoso aliento versos compactos como la tablazón de un navío; mientras el otro, tascando el freno de la envidia, pondrá en movimiento su ágil y afilada lengua y, arrojándose sobre las palabras de su rival, desmenuzará su estilo, y reducirá a polvo el producto de su inspiración vigorosa.[295]