Invoca, pues, a esos dioses tuyos.

EURÍPIDES.

Éter, de que me alimento, volubilidad de la lengua, ingenio sutil, olfato finísimo, haced que triture los argumentos de mi adversario.

CORO.

Deseosos estamos de saber, doctos poetas, qué terreno vais a elegir para principiar la lucha. Vuestra lengua empieza ya a desencadenarse, y ni a vuestro pecho le falta valor, ni energía a vuestra mente. Debemos, pues, esperar que el uno atacará con lenguaje limado y pulido; y que el otro, lanzándole inmensas palabras, pulverizará sus infinitas triquiñuelas.

BACO.

Vamos, principiad cuanto antes, pero en estilo elegante, sin figuras ni vulgaridades.

EURÍPIDES.

Hablaré en último término de mí y del carácter de mi poesía; pues lo primero que me propongo demostrar es que ese es un charlatán y un impostor, que engañaba a su grosero auditorio con recursos pobres, aprendidos en la escuela de Frínico.[303] Por ejemplo, presentando en escena un personaje velado, como Aquiles o Níobe,[304] que se pavoneaban sin mostrar el rostro ni pronunciar una palabra...

BACO.