Empieza ya: mi deber es escucharte; veamos qué hermosos son los versos de tus prólogos.
EURÍPIDES.
«Edipo, que al principio era dichoso.»[351]
ESQUILO.
De ningún modo; su sino era la desgracia, pues ya antes de ser engendrado, Apolo predijo que mataría a su padre, y aún no había nacido. ¿Cómo, pues, al principio era dichoso?
EURÍPIDES.
«¡Mortal infelicísimo fue luego!»
ESQUILO.
De ningún modo, repito. No dejó de ser lo que era. Además esa felicidad fue imposible. Apenas nació ya le expusieron metido en una olla[352] en el rigor del invierno, para que no llegase a ser el asesino de su padre; después, por desgracia suya, llegó al palacio de Pólibo, con los pies hinchados;[353] luego, joven todavía, se casó con una vieja, que por añadidura era su madre,[354] y por último se sacó los ojos.
BACO.