En marcha, adelante. ¿Nos sigue algún hombre? Vuélvete y mira; ten mucho cuidado, porque hay una multitud de redomados bribones, que espían por detrás nuestro talante. Haz al andar el mayor ruido posible. Sería para todas la mayor vergüenza el ser sorprendidas por los hombres. Envuélvete bien, mira a todas partes, a la derecha, a la izquierda, no fracase nuestra empresa. Apretemos el paso: ya estamos cerca del lugar de donde partimos para la asamblea; ya se ve la casa de nuestra generala, la atrevida autora del decreto aprobado por los ciudadanos. Vamos, no hay que retrasarse y dar tiempo a que alguno nos sorprenda con barbas postizas y nos denuncie. Retirémonos a la sombra, detrás de esa pared, y, mirando con precaución, cambiémonos de traje y vistámonos con el ordinario. No hay que tardar. Mirad, ya viene de la asamblea nuestra generala. Apresuraos todas; es ridículo el tener aún puestas estas barbas, mucho más cuando aquellas compañeras vuelven ya con su habitual vestido.

PRAXÁGORA.

¡Oh mujeres! todos nuestros proyectos se han visto coronados por el éxito más favorable. Antes de que ningún hombre os vea, arrojad los mantos, quitaos ese calzado, desatad las correas lacedemonias y dejad los bastones. Encárgate tú del tocado de esas mujeres; yo voy a entrar con precaución en casa antes de que me vea mi marido, y a poner el manto y demás prendas en el sitio de donde las cogí.

CORO.

Ya están cumplidas todas las órdenes; solo falta que ahora nos digas lo que debemos hacer para demostrarte nuestra sumisión, pues nunca he visto mujer más hábil y enérgica que tú.

PRAXÁGORA.

Quedaos para que me aconsejéis sobre el ejercicio de la autoridad de que acabo de ser investida. Ya en medio del tumulto he tenido ocasión de observar vuestra energía para los más arduos negocios.


BLÉPIRO.

¡Eh, Praxágora! ¿De dónde vienes?