PLUTO.
NOTICIA PRELIMINAR.
Después de haber combatido en Las Junteras los absurdos de ciertas teorías comunistas, vuelve Aristófanes en el Pluto a tratar por medio de una ingeniosa alegoría la gran cuestión del pauperismo y de la desigual e injusta distribución de las riquezas.
Pluto, el dios del oro, está ciego y distribuye sus bienes al azar, enriqueciendo a todos los bribones e intrigantes, y dejando en la miseria a los hombres virtuosos y trabajadores. Cremilo, honrado labrador, le encuentra en tan lastimoso estado, y, obedeciendo a un oráculo de Apolo, trata de devolverle la vista venciendo la resistencia del dios, a quien tiene atemorizado una amenaza de Júpiter. Después de sostener Cremilo una violenta discusión con la Pobreza, en que esta se presenta como la causa de todos los bienes y la fuente de toda felicidad, lleva a Pluto al templo de Esculapio, donde recobra la vista. Una multitud inmensa se agolpa en derredor del dios, deseosa de conseguir sus favores, pero él los reserva para los hombres de bien, hasta entonces desdeñados. Un delator, una vieja verde, Mercurio y el sacerdote de Júpiter aparecen sucesivamente lamentando la situación a que les ha reducido la curación de Pluto, y la comedia acaba con una procesión para instalar al dios en su antiguo puesto, detrás del templo de Minerva.
Aunque velado por la multitud de sofismas, alegorías, narraciones burlescas, alusiones satíricas y discusiones y chistosos incidentes que constituyen la trama de esta comedia, se ve que el remedio eficaz, en concepto de Aristófanes, para la pobreza pública no era el dejar a todos los ciudadanos en una holgazanería llena de abundancia, ideal de los pueblos antiguos, sino el trabajo, condición necesaria de nuestra naturaleza y cuya conveniente utilidad sostiene la Pobreza para llegar al quod satis est y a la aurea mediocritas, que constituyen nuestra felicidad relativa, demostrando que el oro por sí mismo no constituye la riqueza.
Lo que más llama la atención en el Pluto y le distingue de las otras comedias de Aristófanes, es su lenguaje comedido y casi limpio de las obscenidades y bufonadas que afean el de otras piezas; la sátira es además mucho menos cáustica y mordaz, y el sangriento sarcasmo está sustituido casi siempre por una agradable ironía. El coro desempeña un papel menos importante, y las alusiones personales escasean: falta además la Parábasis, característica, como hemos visto, de la comedia antigua, por lo cual muchos escritores consideran el Pluto como perteneciente a la llamada media. Por esto mismo, hallándose desprovista del interés político, el poeta puso sin duda mayor cuidado en el desarrollo de su plan, desenvolviéndolo con un arte parecido al de Las Nubes, y embelleciéndole con chistes espirituales y de buen gusto.
El Pluto se representó en dos épocas distintas: la primera vez en el año 408 o el 409 antes de Jesucristo; y la segunda en 390, aunque entonces con el nombre de Araros, hijo de nuestro poeta.
La edición que hasta nosotros ha llegado no es, según todas las apariencias, ni la primera ni la segunda, sino una refundición de ambas, hecha quizá por algún gramático, tomando trozos de una y otra. Pues la falta de Parábasis y diferentes alusiones a sucesos políticos posteriores al 409 demuestran que no puede ser la representada en esta fecha, al paso que aquellos pasajes en que se ataca personalmente a varios ciudadanos influyentes no pertenecen a la de 390, en cuya época los Treinta habían prohibido a los cómicos el satirizar a nadie por su nombre.