Encendamos las lámparas, quitémonos los mantos, y ceñida al cuerpo la túnica de una manera viril, veamos si por casualidad[104] ha entrado otro hombre, y registremos todo el Pnix,[105] las tiendas y las bocacalles.
¡Ea! partamos con pie ligero, y examinémoslo todo sin chistar; correr es lo que importa; no hay tiempo que perder, principiemos por hacer la ronda con la mayor actividad. ¡Ea! registra, explora todos los rincones, para ver si se oculta algún otro traidor. Dirige la vista en derredor, a la derecha, a la izquierda, a todas partes; que nada escape a tu mirada perspicaz. El impío a quien sorprendamos, sufrirá un castigo severo, para escarmiento de insolentes criminales y sacrílegos. Reconocerá que hay dioses, y enseñará a los demás hombres a venerarlos, a honrarlos como es debido, a obedecer a las leyes, y a practicar la virtud. Si no lo hacen, oigan la pena que les aguarda: todo hombre reo de sacrilegio, inflamado por su rabia y loco de furor, será para las mujeres y los mortales un ejemplo viviente de que la venganza del cielo cae sin tardanza sobre los impíos. — Pero ya creemos haber registrado todo perfectamente; no hallamos ningún otro hombre oculto entre nosotras.
MUJER SEXTA.
¡Eh! ¡eh! ¿Adónde huyes? ¡Detente! ¡Oh desdichada! ¡Desdichada! Se escapa después de haberme arrebatado mi hijo del pecho.
MNESÍLOCO.
Grita cuanto quieras; pero este no vuelve a mamar, mientras no me soltéis: aquí mismo le abriré las venas con este cuchillo, y su sangre rociará el altar.[106]
MUJER SEXTA.
¡Oh, desdichada de mí! ¡Socorredme, amigas mías; aterrad con vuestros gritos a ese monstruo; arrebatadle su presa; no permitáis que así me prive de mi único hijo!
CORO.