—No, hija mía, no, ¡bendita seas!... no me duele nada... soy muy feliz... lo único que tengo es sueño... se me cierran los ojos sin poderlo remediar...
—Pues por nosotros no dejes de dormir, Juan,—dijo Santiago.
—Sí, tiito, duerme, duerme—dijeron a un tiempo Manolita y Paquito echándole los brazos al cuello y cubriéndole de caricias...
Y se durmió en efecto. Y despertó en el cielo.
Al amanecer del día siguiente, un agente de orden público tropezó con su cadáver entre la nieve. El médico de la casa de socorro certificó que había muerto por la congelación de la sangre.
—Mira, Jiménez—dijo un guardia de los que le habían llevado a su compañero.
—¡Parece que se está riendo!