«Todos nosotros reconocemos (comienza a decir con voz suave de contralto, muy semejante a la de los niños de coro), y con nosotros cuantos siguen el movimiento intelectual contemporáneo, todos reconocemos en mi ilustre amigo el Sr. Pérez una erudición inmensa dichosamente unida a una inteligencia poderosa y perspicua que se apodera de las ideas y se enseñorea de ellas sometiéndolas a un análisis seguro y minucioso, bien así como el águila cae de súbito sobre su presa, la coge entre sus garras y asciende con ella por los espacios, arrastrándola a regiones desconocidas donde con el ensangrentado pico se entretiene en explorar sus entrañas palpitantes... (¡Bravo! ¡Bravo! Las miradas del público se fijan sobre Pérez, que en aquel momento toma notas).

«Pero ¡ah, señores! el eminente orador que me ha precedido en el uso de la palabra, impulsado por su temperamento analítico, por la sed ardiente de conocimientos que le devora, abandona las consoladoras creencias del cristianismo, en que se ha educado, y marcha resueltamente por la senda del libre examen, sin sospechar los riesgos que corre su noble espíritu; de la misma suerte que el niño, persiguiendo por el campo a la mariposa irisada, no ve el abismo que se abre a sus pies y amenaza sepultarle... (Prolongados aplausos).

Continúa el orador describiendo con rasgos magistrales el carácter de Pérez, y pasa después a lamentarse con acento patético de que aquél no crea en la procedencia del género humano de una sola pareja. Con este motivo, hace una pintura acabada y elocuente del paraíso terrenal, y describe a nuestros primeros padres en el estado de inocencia, entreteniéndose sobre todo a dibujar con amor y cuidado la figura esbelta, graciosa, cándida e incitante a la vez de la madre Eva, de tal modo, que provoca en la juventud que le escucha entusiásticos y fervorosos aplausos.

Traza después a grandes pinceladas la historia de los primeros tiempos de la humanidad, y afirma que la verdadera civilización tiene su origen en el cristianismo. (El Sr. Gutiérrez pide la palabra con voz irritada y estentórea. Grande ansiedad en la media docena de circunstantes que han quedado en el público).

Terminado el discurso, rectifica brevemente Pérez, y acto continuo el presidente concede la palabra a Gutiérrez, que con el rostro encendido, las manos trémulas y los ojos inyectados, comienza a gritar más que a decir su oración.

«Señores académicos—exclama:—No es el cristianismo, no, como acabáis de oír, el que ha engendrado nuestra civilización. Todo lo contrario. El cristianismo ha sido, es y será mientras exista, la rémora constante del progreso de los pueblos. Hace mil ochocientos y tantos años que un judío exaltado...

(El presidente, haciendo sonar la campanilla):—La Mesa suplica al Sr. Gutiérrez que procure no herir el sentimiento religioso de la asamblea.

«Señor presidente, ha llegado la hora de las grandes verdades. Vosotros venís de los templos, de los salones, de las universidades... Yo vengo de la calle... Y vosotros no sabéis lo que pasa en la calle... Yo lo sé... Por eso os digo que viváis alerta. La paciencia, una paciencia que ha durado muchos siglos, está ya a punto de agotarse. Nos hemos contado y os hemos contado también. Mañana, cuando más descuidados estéis, tal vez vengamos a arrojaros de aquí. Los hombres de la calle, como un torrente que se desata, como una inmensa y terrible avenida...

El presidente:—La Mesa no puede permitir que el Sr. Gutiérrez siga hablando de ese modo.

(Algunas voces: Muy bien, muy bien. Otras: Que siga, que siga).