—¡Pues no lo había de sentir!... ¿Para qué he de engañarle a V. caballero?—me contestó mirándome fijamente.—¡No lo había de sentir, si era mi padre!...

Quedé estupefacto. Sentí algo semejante al miedo y al asco, y no supe más que murmurar:

—¡Qué horror!

El hombre de la capa, al ver mi sorpresa, sonrió con humildad, como si me pidiese perdón, y continuó:

—Me acuerdo que, cuando llegué a casa, mi madre me dio una paliza que me hubo de matar... no sé por qué... Decía que para que me acordase bien de aquel día... ¡Cómo sino me acordase bien sin necesidad de los palos!... Yo creo que estaba un poco guillá... La pobrecita no tardó dos meses tan siquiera en espichar... Desde entonces no he faltao nunca a estos espetáculos. Todos los que han ajusticiado en Madrid de cuarenta años pa acá los he visto yo... menos tres o cuatro que no pude ver porque estaba enfermo... Pero lo que le digo a V., caballero, es que ninguno..., y no es porque fuese mi padre..., ninguno ha tenido tantos hígados pa morir como él...

La agitación de la muchedumbre continuaba en aumento. El caracoleo de los civiles y los esfuerzos de los agentes apenas bastaban a contenerla y a impedir, sobre todo, que turbase la marcha del carruaje.

El piquete de soldados que lo escoltaba tenía que estrecharse más de lo que exige la táctica, para poder caminar. Mi compañero me dijo con tono triunfal:

—Oiga V., caballero; estos hombres se están matando para verlo y no conseguirán nada; pero nosotros lo hemos de guipar todito y con mucha comodidad... No se separe V. de mí... Iremos pegados a los faldones de los soldados, y llegaremos a debajo del mismo tablao, sin mayor inconveniente... Hay que saber arreglárselas... De algo le han de servir a uno los años que tiene sobre el cogote... Vamos, no afloje V. el paso... Apriétese V. contra mí y déjese llevar... ¡Que se está V. separando, caballero!... Agárrese V. a mi capa... ¿Qué es eso? ¿Se queda V.?... Hombre, lo siento, porque no va V. a ver nada... Vaya, adiós, caballero... adiós...


LA CONFESIÓN DE UN CRIMEN