—¿Pues?

—No hay perspectiva.

—Sí la hay..., y además tropezaría casi con el lago.

—El lago también puede correrse un poco.

—No hay sitio.

—Tenemos todavía metro y medio.

—¡Qué hemos de tener, hombre! ¿Lo has medido?

—Sí, lo he medido: ¿tienes tú ahí el metro...? Pues ven a verlo y te convencerás.

El tramoyista emprendió la marcha y Antoñico le siguió. Subieron por la estrecha y frágil escalerilla que conduce a las bambalinas. Cuando estaban a la mitad de la altura, el tramoyista volvió la cabeza, y sus ojos se encontraron con los del traspunte. ¿Qué había de particular en aquella mirada? ¿Por qué empalidece el rostro de Antoñico? ¿Por qué se le doblan las piernas?

Vacila un instante entre seguir o retroceder: la barretina colorada se detiene y se agita presa de mortal incertidumbre. El tramoyista exclama: