Dejemos, pues, sentado que nos gustan todos los pájaros, ruiseñores, canarios, malvises y jilgueros que cantan en el árbol de que nos habla Zola. ¡Ojalá nos fuera permitido pasar la vida reclinados dulcemente bajo su frondosa copa escuchándolos! Pero todo el mundo se empeña en aconsejarle a uno que trabaje. Apenas nos distraemos un poquito con sus gorjeos, cuando nos dice la voz de cualquier fiscal municipal o jefe de sección: «¡Hola! ¿Versitos, eh? ¡Vaya una gana que tiene V. de perder el tiempo!»
Y no es eso lo peor. Debajo del árbol no se disfruta tampoco la paz y sosiego necesarios. Los mosquitos y moscones, las arañas, los cínifes y bichos de todo linaje no dejan un instante de atormentarle a uno con su zumbido cuando no con sus pinchazos. Excuso decir que me refiero a la nube de poetastros de todos sexos, edades y condiciones que, para escarmiento de pícaros, existe en la capital.
II
Voy a hablar de algunos de nuestros mosquitos más distinguidos. Conviene de vez en cuando sacudirse las moscas. Divídense en cuatro grandes familias a cual más perversa y endemoniada. La primera es la de los mosquitos sentimentales, que son los de apariencia más inofensiva, aunque en realidad haya motivo para guardarse bien de ellos. Tienen un zumbido dulce y quejumbroso, que al principio no molesta gran cosa, pero que llega a hacerse insoportable. De estos mosquitos, algunos empiezan a disgustarse de la vida así que entran a cursar la segunda enseñanza; salen generalmente suspensos en los exámenes, reciben innumerables coscorrones del jefe de la familia y se enamoran perdidamente y en secreto de una mujer de treinta años. Hasta aquí sus estragos no pasan del círculo de la familia; mas al llegar a los diez y seis años comienzan a hacer coplas amargas como la hiel, inspiradas por lo común en La desesperación de Espronceda, un estúpido y obsceno poema fabricado por algún estudiante de medicina para deshonrar el nombre del ilustre poeta. Estas coplas se escriben con lápiz mientras los papás se figuran que está allá en su cuarto enfrascado en el estudio, y sólo son admiradas de algún amigo discreto que recíprocamente presenta a su admiración otras coplas no menos amargas. Tal vez que otra estas coplas, que ruedan por los bolsillos de los pantalones hasta que se pudren, caen en manos de la mamá al tiempo de coser o acepillar la ropa: la mamá, claro es, no sabe lo que aquello significa, pero corre a mostrárselo al papá, ¡y aquí fue Troya! Éste considera a su hijo sumido en un piélago de liviandades, se pone lívido, lanza profundos suspiros de congoja, y después de un enérgico discurso, encierra al culpable bajo llave durante ocho días. La mamá, más dispuesta como mujer a los sentimientos dulces, acude a la religión y le lleva a confesar con un sabio jesuita, no sin que el joven poeta proteste sordamente, pues ya han huido de su atormentado espíritu las consoladoras creencias de los primeros años. Aunque pide perdón a su mamá y le promete no volver a escribir porquerías, el mosquito sentimental no puede prescindir de continuar zumbando a escondidas de su familia: las persecuciones, lejos de abatirle, encienden más y más el horno de su inspiración y le acaban de persuadir de que la copa de la vida está llena hasta los bordes de cierto licor ponzoñoso, y que él se encuentra obligado a apurarla hasta las heces. Un periódico semanal de la población se encarga de comunicar este su convencimiento al público, expresado en términos solemnes, aunque sin gramática. Desde esta fecha, nuestro mosquito comienza a gozar de una envidiable reputación que se extiende como mancha de aceite por toda la provincia.
No obstante, por más que la opinión favorable de sus paisanos sea un bálsamo precioso para cicatrizar las heridas del corazón, todavía no está satisfecho y medita seriamente un día y otro en venir a zumbar a Madrid, a fin de que se le oiga en todos los ámbitos de la península. El papá, que ya se va convenciendo de que su hijo, aunque haya salido suspenso en la mayor parte de las asignaturas, llegará a ser hombre célebre, consiente en hacer un sacrificio. Ya le tenemos en la Corte. A los cuatro meses justos publica una composición en cierta revista literaria; a los quince días otra, a los quince días otra, y así sucesivamente sigue zumbando periódicamente durante dos años. Al fin se decide a coleccionar sus poesías en un tomo. El papá vende una finca y le remite dinero. Pide un prólogo a Cañete, y este señor, que jamás se niega a tales cosas, dice al frente del libro en lenguaje castizo que hay en él composiciones muy lindas, y las cita; que el autor muestra por lo general mucha «elegancia, donaire y estro», y que el joven mosquito, si no se desgracia, llegará a ser un moscón insigne. Desgraciadamente, esta profecía permanece guardada como santa reliquia en el almacén de algún librero que ha aceptado el tomo en comisión. Transcurren meses sin que ningún humano venga en demanda del tomo de Preludios (estos mosquitos casi siempre ponen a sus zumbidos algún nombre musical: preludios, arpegios, acordes, calderones, etc.), hasta que el librero se cansa de tener tanto papel inútil en el almacén y decide volvérselo a su dueño o comprarlo al peso. Esta es una de las soluciones. Otra consiste en que D. Modesto Fernández y González interponga su influencia para que el Ministerio de Fomento le tome quinientos ejemplares con destino a las bibliotecas públicas. Los súbditos españoles que las frecuentan no podrán menos de agradecer al Ministro el interés con que mira el cultivo de sus facultades imaginativas: todos los años les remite algunos miles de quintales de ternezas rimadas.
De todos modos, la falta de dinero es una de las causas primeras de mortandad en la familia de los mosquitos sentimentales. Los que consiguen sobrevivir a tal causa y llegan a dar una velada en el Ateneo de Madrid, están salvados. El Ateneo es para los mosquitos el oxígeno. Cuando alguno anda alicaído, asfixiado por la indiferencia del público y a medio morir, no tiene más que venir a leer ante esta docta corporación, y se le verá inmediatamente revolotear lleno de vida y alegría. El Ateneo, en achaque de versos, es de una potencia digestiva superior a la de los tiburones y avestruces. Los botones de metal y los pedazos de vidrio que dicen que estos animales digieren, no son nada comparados con los versos que yo he visto tragar en el Ateneo; un padre cariñoso no haría más por su hijo que lo que suele hacer este cuerpo docente por los mosquitos de que acabo de hablar.
III
Otra de las grandes familias en que se divide la especie de los mosquitos líricos, es la de los filósofos o trascendentales. No tiene la misma fuerza reproductiva, y por consecuencia no es tan numerosa, pero en cambio es infinitamente más devastadora. El mosquito filosófico suele leer mucho, y está, por lo general, bastante enterado de las literaturas extranjeras; apunta cuidadosamente en un libro de memorias las frases brillantes y los pensamientos profundos y esmalta con ellos sus híbridos engendros; no es partidario del arte por el arte, ni gusta de la literatura frívola que sólo aspira a conmover y recrear; de las tres dimensiones de los cuerpos, longitud, latitud y profundidad, no admite más que la última. Es mucho más objetivo que sus colegas los sentimentales, y aun cuando manifiesta tendencias muy marcadas hacia el pesimismo, no llega a él por el camino puramente subjetivo y personal de aquéllos sino mediante el estudio reflexivo de los fenómenos y las leyes, por lo cual su pesimismo es siempre más lúgubre, más desgarrador, como que es el resultado lógico de un sistema, de un vasto y profundo concepto de la existencia. Desde niño se observa en él gran amor a lo general y mucho desdén por lo particular. Estas nobles aficiones le han perdido a menudo en los exámenes durante la segunda enseñanza: se empeñaba en contestarlo todo a ratione y en resolver las más arduas cuestiones de plano y según le dictaba su alto entendimiento. En historia natural salió suspenso, porque habiéndole preguntado las clasificaciones, contestó que él no admitía clasificaciones en la naturaleza, que el mundo debía considerarse siempre en su unidad indivisible y permanente, y que todas las clasificaciones estaban sujetas a cambios incesantes, según los progresos que se hicieran en el estudio de la materia. Los profesores de instituto (salvo honrosas excepciones), son más dados a lo temporal que a lo permanente, y el mosquito filósofo padece por esta causa muchos vejámenes en los albores de la vida.