—¡Imposible!—replicó Serrano.

No obstante, en la frente de aquel hombre había algo que no suele verse en las de los braceros; era una frente degradada, pero era una frente donde se había pensado. Insistí en que lo averiguásemos, y acercándonos a él, Serrano le sacudió levemente:

—Oiga V..... ¿es V. D. Pelayo del Castillo?

El mendigo se incorporó lentamente y restregándose los ojos y abriéndolos con dificultad a causa de la gran irritación de los párpados, contestó mal humorado:

—No señor, yo no soy ese Pelayo del Castillo.

Serrano se quedó un instante suspenso. Los dos comprendimos, sin embargo, que era él.

—¿De veras no es V. Pelayo del Castillo?

—No señor.

Después de comunicarnos en voz baja nuestra opinión contraria, sacamos cada cual una moneda del bolsillo.

—Tome V.