—Pasarón, te pareces a cierto joven que ofreció a sus amigos presentarles en el palacio de un marqués donde se celebraban brillantes bailes y reuniones. Sus amigos creyendo de buena fe que era amigo del marqués y frecuentaba su casa, se pusieron el frac y fueron con él al baile. Suben la escalera, entregan los abrigos a los criados, penetran en el salón y nuestro joven se dirige al dueño de la casa que se hallaba en medio de él, le hace una profunda reverencia y le dice: «—Marqués, tengo el honor de presentar a usted a mi amigo Fulano, capitán de artillería; a mi amigo Zutano, ingeniero de montes, etcétera.» El marqués le mira con asombro, y al fin exclama indignado: «—Está bien, ¿y a usted quién le presenta?» «—A mí, nadie—responde tranquilamente—, yo me retiro.» Y girando sobre los talones, se va del salón. Tú haces lo mismo, nos presentas filósofos y literatos, nos explicas con toda perfección sus opiniones y cuando al cabo preguntamos por las tuyas, te decimos como el marqués: «—¿Y usted quién es?»—«Yo no soy nadie, yo me retiro»—nos contestas.

Era exacto. Sin embargo, no se podía negar a Pasarón una grande y lúcida inteligencia. Su crítica era casi siempre acertada, vigorosa, poseía una rara penetración para aquilatar los méritos de cada escritor, no había cuidado que se dejase engañar por armadijos ni oropeles. Mas ya fuese porque el exceso de conocimientos sofocasen en él toda iniciativa intelectual, o porque su desaforada curiosidad y afición a la Historia le impidiese entrar en sí mismo, es lo cierto que no podíamos averiguar qué ideas germinaban en su mente acerca de los grandes problemas de la filosofía ni las secretas inclinaciones de su espíritu.

¡Cuán distinto era Moro! Para éste no existía la Historia sino la actualidad. Sobre cada asunto que se ofrecía en nuestras pláticas formaba inmediatamente su opinión que expresaba siempre de un modo resuelto, inapelable. La mayor parte de las veces, estas opiniones se apartaban cien leguas de las de los demás; pero esto era cabalmente lo que él ambicionaba. Su satisfacción era ostensible cuando después de emitir una de ellas veía el asombro pintado en nuestros ojos.

Moro vivía en perpetuo estado de rebelión contra todos los principios que pasan por inconcusos en nuestra sociedad. Era lo que hoy han dado en llamar ciertos filósofos un no-conformista. En cuanto se ofrecía ocasión de atacarlos, cerraba furiosamente contra ellos o escaramuzaba ligeramente en torno suyo.

Su ingenio sutil y la afluencia de que estaba dotado le servían admirablemente para apoyar las verdades cuando casualmente tropezaba con ellas; pero desgraciadamente también le ayudaban a sostener los errores cuando alguno de sus frecuentes caprichos le arrastraba a ponerse de su lado. En estos casos se convertía en un famoso prestidigitador de las ideas, hacía juegos malabares con ellas, y si no nos convencía por lo menos nos deslumbraba.

En fin, era un retórico que apuntaba al efecto antes que a la verdad, y que no temía despeñarse en un abismo de paradojas y de absurdos si esto le proporcionaba el gusto de mostrar la flexibilidad de su talento y de inquietar a sus oyentes. Por esto su conversación, siempre brillante, concluía algunas veces por hacerse fatigosa.

III
LA CASA DE MI MENTOR

El general Don Luis de los Reyes fué la persona designada por mi padre para servirme de mentor en Madrid durante la carrera. En consecuencia, me presenté al día siguiente de mi llegada, por la tarde, en su casa.

Ocupaba el General el piso primero de una de las mejores casas del barrio de Salamanca. Me abrió la puerta un criado con librea, quien, al enterarse de mi deseo de ver al General, llamó a otro. Apareció un hombre que, a juzgar por su traje, no era un criado ni tampoco un caballero. Después supe que se llamaba Longinos y era un antiguo asistente del General a quien había hecho su hombre de confianza, una especie de intendente o mayordomo. Al escuchar mi nombre sonrió con benevolencia y no vaciló en llevarme a la presencia de su amo.

Se hallaba éste en su despacho escribiendo, y cuando me anunciaron se alzó precipitadamente del sillón, vino a mi encuentro y me abrazó tan efusivamente, que no pude menos de sentirme profundamente halagado.