—¡Qué lástima! Yo le hubiera dejado sin narices.
El General, sin dejar de reír, acarició el rostro de su hija, diciendo:
—Sosiégate, hija mía. Eres una polvorilla que se inflama con la más leve chispa.
—Tiene a quien parecerse—apuntó Guadalupe sonriendo.
—¡Verdad!—replicó el General acariciando también la mano de su esposa—. ¡Cuánto daría por ser dueño de mí siempre como lo eres tú! Se vive más tranquilo, y, sobre todo, se deja vivir tranquilos a los otros, lo cual es más importante.
—¡Qué sé yo!—exclamó Natalia haciendo un gesto de desdén—. Por lo menos a nosotros dos no se nos podrá tachar de hipócritas.
—¿Se me tacha a mí?—preguntó Guadalupe dirigiéndole una mirada de reconvención cariñosa.
—Nadie podrá siquiera imaginarlo—se apresuró a decir el General respondiendo por su hija—. La tranquilidad del alma no excluye la lealtad. Sabes guardar tus sentimientos y haces bien, porque siendo puros los verías muchas veces profanados.
Al pronunciar estas palabras, el General clavó en su esposa una mirada de intenso cariño que la obligó a ruborizarse.
Mi impresión en aquel momento fué que el General amaba entrañablemente a su hija; pero estaba loco por su mujer. Ni lo uno ni lo otro me sorprendía, porque yo estaba a dos dedos de participar de aquellos sentimientos. Natalia, con sus ojos límpidos, con la movilidad graciosa de su rostro, con sus ademanes impetuosos e infantiles, provocaba la ternura que se siente por los niños; pero Guadalupe infundía, por su belleza escultórica, por la serenidad altanera de su frente, por la sonrisa divina que se esparcía por su rostro, la admiración más profunda.