—Con permiso de ustedes voy a vestirme.
—Yo también me voy a poner el frac. Esta noche debemos ir a la Embajada de Italia.
Quedamos en el comedor Natalia, Grimaldi y yo. La niña se puso a hablar conmigo animadamente sin hacer caso de Grimaldi, el cual abrió un periódico que estaba sobre la mesa, y se puso a leer.
No tardó en presentarse el General, y entonces Grimaldi tomó parte en la conversación. Al cabo apareció también Guadalupe. Venía espléndidamente ataviada y ostentando preciosas joyas: grandes solitarios en las orejas; en los cabellos una mariposa de brillantes y en el cuello una magnífica rivière de las mismas piedras.
Se dió la señal de partida, y me despedí de Natalia que era la única que se quedaba en casa. Me apretó la mano con aquella su franqueza efusiva que la hacía tan amable.
En la calle, el General volvió a abrazarme y a ofrecerse con el mismo afecto y cordialidad: me hizo prometerle que vendría a comer con ellos todos los sábados. Guadalupe me alargó su mano que yo estreché temblando de emoción. Montaron en el coche. Grimaldi me hizo una profunda reverencia y montó en el suyo, que era elegantísimo y arrastrado por dos magníficos caballos extranjeros.
Cuando partieron, permanecí unos instantes inmóvil. Luego principié a caminar cabizbajo hacia mi casa en un estado de extraña y dulce turbación.
IV
CORRO PELIGRO DE CAER EN RIDÍCULO Y AÚN PRESUMO QUE HE CAÍDO
Los sábados comía, pues, en casa de Reyes. Después me llevaban consigo al teatro, unas veces al Real, otras al Español o a la Zarzuela; porque en los principales de Madrid tenía la familia del General un turno de platea. En estas ocasiones yo echaba el resto en la ornamentación de mi persona. Me había encargado un traje de frac y unas botas de charol, compré el sombrero de copa más reluciente que pude hallar en la capital y celebré largas conferencias con la planchadora que me había recomendado Doña Encarnación acerca de la pechera y los puños de mi camisa, conjurándole por lo que más amase en este mundo a que pusiera en ellos los recursos de su arte, el alma y la vida.
No bastaba esto. Era necesario además que el peluquero del entresuelo me frotase la cabellera con aguas perfumadas, me la peinase y me la rizase con tenacillas, que me diese brillantina y un toque de cosmético al bigote. Mi cabeza era un puro rizo y debía semejar bastante a la de un negrito de Angola; pero yo estaba satisfecho de ella y me parecía una verdadera obra de arte.