Al fin aparecieron en el escenario cuatro señores, don Rosendo Belinchón, Alvaro Peña, don Feliciano Gómez y don Rudesindo Cepeda, propietario y fabricante de sidra espumosa. Los cuatro se despojaron de los sombreros al pisar el palco escénico. Prodújose repentinamente el silencio. Algunos de los espectadores, los menos, se descubrieron también. La mayor parte, prevalidos de la obscuridad y cediendo al instinto de grosería, poderoso en aquella región, permanecieron cubiertos. Don Rosendo y sus compañeros sonrieron al concurso, avergonzados. Para librarse del embarazo y temor que sentían, comenzaron a hablar con los espectadores de las primeras filas, a quienes podían divisar. Alvaro Peña, algo más atrevido, en razón quizá de su carácter militar y de su instrucción antirreligiosa, avanzó hasta la cáscara del apuntador, y dando a sus palabras una entonación excesivamente familiar, sonriendo sin gana como las bailarinas, dijo:

—Señores, tanto mis compañeros como yo desearíamos ¿eh?, que subiesen a este sitio algunas pejsonas de jespeto ¿eh?, que habrá en el público, a fin de que nos ayuden con su autoridad ¿eh?, y con su ilustración... a fin de que nos ayuden ¿eh? (no encontraba el final) en la empresa que vamos a emprendej...

El ayudante de marina pronunciaba las erres con la garganta, produciendo un sonido muy semejante a la jota.

Hubo un murmullo en la asamblea de asentimiento y simpatía por la modestia que resaltaba en aquella proposición.

—¿No está por ahí don Pedro Miranda?—preguntó Peña, sereno ya, volviendo a adquirir la resolución militar que le caracterizaba.

—Aquí está... Aquí—dijeron varias voces.

—Don Pedro, si nos hiciese usted el favoj... Don Pedro se defendía de los que le empujaban hacia el escenario, diciendo por lo bajo:

—Pero, señores, ¿yo por qué? ¿A qué asunto?... Hay otras personas...

No hubo más remedio. Poco a poco lo fueron llevando hasta cerca del escenario. Una vez allí, como no hubiese tabla ni escalera para subir, entre Peña y don Feliciano Gómez, lo auparon por las manos hasta ponerlo sobre el tablado.

—A ver, don Rufo, suba usted.