Como se llegase ya la hora de comer, dió la vuelta hacia casa meditando en la grave responsabilidad en que incurriría ante Dios y los hombres si, teniendo en sus manos aquel poder soberano, no lo emplease en la prosperidad y engrandecimiento de su pueblo natal. Al llegar a la Rúa Nueva, se encontró en la acera con Gabino Maza. El bilioso ex oficial le saludó muy finamente, le preguntó por toda su familia, y se fué enterando con amabilidad de la salud de cada uno de sus miembros. Después le habló del tiempo, de la posibilidad de que aquel nordeste vivo se trocase pronto en vendaval cerrado, y no pudiesen salir los barcos de la carrera de América; se quejó en seguida del polvo que había en los caminos, lo cual le impedía pasear; se enteró del precio del bacalao y de las noticias que había de la pesca en Terranova. Don Rosendo esperaba, como era natural, que le hablase del periódico. Nada: Maza no hizo la menor alusión a él. Esto comenzó a desconcertarle y a hacer violenta su situación. La conversación giraba de un punto a otro sin tocar en nada que se relacionase con la prensa. Al fin don Rosendo, algo acortado y enseñando toda la pasta de sus dientes, le dijo:
—¿No ha recibido usted El Faro? Se lo he enviado de los primeros.
—Phs... creo que ayer lo han traído a casa; pero aún no lo he abierto—respondió Maza con afectada indiferencia.—Vaya, don Rosendo, ¿gusta usted de comer conmigo?...—Pues hasta la vista.
Don Rosendo quedó un instante clavado al suelo como si le echasen un jarro de agua fría. La sangre se agolpó con furia a su rostro, y emprendió de nuevo la marcha, vacilante, hacia casa. Como estaba tan desprevenido, aquel desprecio fué una puñalada que le llegó a lo más vivo. Después que cesó el aturdimiento, le acometió una ira inconcebible contra aquel... (no se contentaba con llamarle menos de malvado y miserable). Llegó a casa en un estado de agitación deplorable. Aunque se sentó a la mesa, haciendo esfuerzos por calmarse, el estómago, repentinamente turbado, no quería admitir los alimentos. Estuvo taciturno y silencioso durante la comida. De vez en cuando sus labios se contraían con sonrisa sarcástica y murmuraba un ¡villano!
—¿Qué tienes, Rosendo?—se atrevió al fin a preguntarle su esposa, que ya estaba inquieta.
—Nada, Paulina; que la envidia produce grandes estragos en el mundo—se limitó a contestar con amargura.
Una vez vertida esta profunda sentencia, quedó en un estado de relativo reposo. Se tendió en una butaca a pensar, y transcurrida media hora salió de casa otra vez en dirección al Saloncillo. Al entrar en el café oyó la voz de Gabino Maza que gritaba como siempre allá arriba. Se le figuró percibir desde la escalera que hablaba del periódico y que lo calificaba de «solemne payasada». El corazón le dió un vuelco y entró en la sala agitado y triste. Al verle Maza, que gesticulaba en medio de un grupo, se calló, púsose el sombrero con ademán hosco y fué a sentarse en el diván. Los que le escuchaban, don Jaime Marín, Delaunay, don Lorenzo y don Feliciano Gómez, le saludaron con cierto embarazo y como avergonzados, lo cual confirmó su sospecha. Disimuló cuanto pudo, y esforzándose en poner cara alegre, comenzó a hablar de las noticias que corrían. La conversación tomó el rumbo de todos los días; la confianza volvió a reinar. Mas el ingeniero Delaunay, personaje tan listo como malévolo, sacó la conversación del periódico, preguntando a su fundador con risilla irónica en el español chapurrado que usaba:
—¿Qué trabajitos prepara usted para el próximo número, don Rosendo?
—Ya los verá usted cuando salgan—respondió secamente éste, que adivinó la burla escondida detrás de la pregunta.
—Aquí, en don Feliciano—prosiguió el ingeniero con la misma sonrisa—tiene usted un defensor acérrimo.