—¡Acabáramos!—exclamó don Melchor.

—¡Sí, que Domingo se chupa el dedo!—dijo por lo bajo el marinero a quien el señor de las Cuevas había amenazado.

El casco de la corbeta, pintado de negro con una banda blanca en la obra muerta, se destacó al fin con pureza del fondo obscuro. Los ojos de los espectadores, habituados ya a las tinieblas, veían perfectamente todo lo que pasaba a bordo. Sobre el puente había dos bultos, el del capitán y el del práctico. En la proa uno, el del piloto.

—¿Y la escandalosa?—gritó de nuevo don Melchor.

La escandalosa de mesana, como si obedeciese a su voz, cayó. La barca siguió acercándose cada vez con más pausa. El viento no conseguía henchir las velas bajas: la cangreja pendía del palo lacia y desmayada como un vestido de baile usado. Pronto quedaron aferradas aquéllas y arriada ésta, y el barco comenzó a caminar con sosiego desesperante remolcado por los dos botes. Las figuras de los remadores se levantaron acompasadamente sobre los bancos. Y la voz de los patrones gritando:—¡Hala avante! ¡hala duro!—rompió con brío el silencio de la noche.

Pero los tirones eran tan débiles con relación a la masa, que el buque apenas se movía. Cuando al cabo de un cuarto de hora consiguió acercarse unas treinta brazas de la punta del Peón, largó un cabo, que uno de los botes trajo al malecón para ayudar a virar a la corbeta.

—¡Capitán, capitán!—gritó uno con voz estentórea desde el grupo.

—¿Qué hay?—contestaron del buque.

—¿Viene a bordo el señorito de las Cuevas?

—Sí.