—¡Fondo!

El piloto dijo a los marineros que tenía a su lado:

—¡Arría!

El ancla cayó al mar con un ruido estridente de cadenas. La barca se dispuso a virar sobre ella.

—¿Vas a amarrarte a tierra, Domingo?—preguntó don Melchor.

—Sí, señor—respondió el capitán.

—No hay necesidad; amárrate en dos. Dentro de una hora podrás enmendarte.

—Tanto me cuesta uno como otro—dijo en voz baja el capitán alzando los hombros, y luego en voz alta añadió:

—¡Echa la de uso!

Otra ancla cayó al mar con el mismo ruido.