El señor Anselmo, jefe de la banda de música de Sarrió, vino a participar al presidente de la Academia que el alcalde le había amenazado con suprimir la subvención de la orquesta, si aquella tarde iban a la romería de San Antonio.
—¿Cómo es eso?—preguntó don Mateo incorporándose en el lecho en que aun yacía, y echando mano a las gafas que tenía sobre la mesa de noche..—¿Suprimir? ¿Por qué la han de suprimir?
—No lo sé. Así me lo ha enviado a decir por Próspero.
—¿Pero a él qué le importa que la música vaya a San Antonio?—profirió con acento irritado.
—Creo que es porque hoy llega un señor a casa de don Rosendo... y como la carretera atraviesa la romería...
—Ah, sí, el duque de Tornos... ¿Pero qué tiene que ver?... ¡Vamos, están locos!... Mira, déjame un momento; voy a vestirme, y veré a Maza. Creo que lo arreglaremos. Déjame.
Despejó el señor Anselmo la estancia, y, con más premura de lo que pudiera esperarse de sus años y achaques, aderezóse don Mateo para salir. Su esposa y su hija estaban, como de costumbre, en la iglesia. Pidió el desayuno.
—No puedo dárselo, señor. La señora se ha llevado las llaves, y no hay chocolate fuera.
—¡Siempre lo mismo!—murmuró el anciano, no tan enojado como debiera.—Yo no sé por qué esa mujer no deja fuera al marcharse lo que hace falta... Es verdad que, por regla general, me levanto tarde; pero puede haber un negocio urgente como ahora...
—¿Quiere que vaya a pedir una onza de chocolate a la vecina?