—¿Hay pan por ahí?
—No ha venido aún la panadera. Si quiere de lo mío...—respondió la muchacha sonriendo.
—Bueno; a ver ese pan tuyo.
Se fué a la cocina. La criada levantó la tapa de la masera, y don Mateo sacó un medio pan de centeno, bastante negro.
—Este pan moreno en otro tiempo no me disgustaba—dijo cortando un pedazo.—¡Viva la gente morena!—añadió paseando por la boca un bocado de miga, pues con la corteza hacía años que no se atrevía.
La criada se reía sorprendida de aquel buen humor.
—Es más sabroso que el nuestro. Si no fuera que ya está un poco duro...
Se sacudió las migajas con la mano, volvió a arreglarse las gafas y después de beber un trago de agua porque también el vino estaba cerrado, se partió en dirección al ayuntamiento. El reloj del edificio señalaba las diez. Atravesó el soportal de arcos, subió la vasta escalera de piedra y al llegar a los corredores donde había más de un dedo de polvo sobre el entarimado, preguntó a Marcones, que le salió al encuentro, por don Gabino.
—El señor alcalde está en sesión.
—¿En sesión? ¡Diablo, a qué hora tan rara!