Le contó con prolijidad el percance del muelle. Terminado el relato, cayó en una profunda consternación.
—¿Supongo que la familia ya estará en la cama?—preguntó Gonzalo después que hubo deplorado bastante (al menos en su concepto) el peligro del comerciante.
—No; están en el teatro... No sabe uno dónde la tiene; ¿verdad, querido?
—¡Hola! ¿Hay compañía?
—Sí, desde hace unos días. ¿Crees que me hubiera matado, Gonzalo?
—Phs... tal vez se hubiera usted roto una pierna, o las dos... o una costilla.
—¡Menos malo!—exclamó el señor de Belinchón dejando escapar un suspiro.
En esto se habían internado ya bastante en la población, y al llegar a cierta calle, don Rosendo se despidió del tío y del sobrino. Dióle éste la mano con visible tristeza.
—Voy al teatro a buscar a la familia. Hasta mañana; que descanses, Gonzalo.
—Hasta mañana... Recuerdos.