—Aquí, abuelita, aquí—respondió la niña saliendo de la estancia de su madre.
Era una criatura que aun no había cumplido los tres años, rubia como el oro, tan habladora y espontánea, que ejercía sobre la abuela verdadera fascinación.
—¿Qué me taes, abuelita, qué me taes?—preguntó, mirando con avidez a doña Paula, después de haberla abrazado por las piernas con tal ímpetu, que por poco da con ella en tierra.
—La muñeca, hermosa, que te ha arreglado la chacha.
—Muñeca no... muñeca pa Lalina... yo soy gande... yo quero un chocho.
—No tengo chochos aquí, vida mía—respondió la abuela mirándola embelesada.
—Tene mamá chocho... Ven... dame uno.
Y la llevó por el vestido al gabinete de su madre.
Al entrar en él la niña, pareció sorprendida y echó una mirada a todas partes. Ventura había salido a recibirlas con la sonrisa en los labios, besando a su madre cariñosamente:
—¡Jesús, qué pinitos! ¿Cómo te has decidido?... No sé si te convendrá subir escaleras, mamá... ¿Te sientes bien?