—No lo sé yo misma... En nada.

—¿No tienes algún quebradero de cabeza?—le dijo una noche levantándose y cogiéndola afectuosamente la barba.

—Bah, ¿qué quebraderos de cabeza quieres que tenga en esta aldea?—respondió Cecilia poniéndose colorada, y retirando el rostro.

—Puedes tenerlo en Sarrió.

—¿Y había de ser tan ingrato que no viniera a verme en los meses que hace que aquí estamos?... Ya te he dicho que yo me quedo para vestir santos—añadió sonriendo.

—No puede ser eso—replicó con calor el joven,—¡no puede ser! Sería un delito de lesa humanidad que te quedases soltera. Tú has nacido para casada... No tienes más aficiones que la de arreglar la casa, cuidar a los niños, coser, limpiar... Serás una perfecta casada, como la describe Fr. Luis de León. No puede tolerarse que pudiendo hacer la felicidad de cualquier hombre, te empeñes en ser una solterona... Mira que son muy antipáticas...

No sabemos lo que Cecilia pensó en aquel momento; pero bien pudo ser una cosa semejante a ésta:—«Sí; he podido hacer la felicidad de todos... menos la tuya».

Alargó con un gesto de indiferencia los labios y respondió:

—¡Qué le vamos a hacer! Esas cualidades las tienen todas las mujeres que no son bonitas. Las que pueden brillar, se ocupan de sus trajes, y tienen razón.

Había en estas palabras una ironía triste, desgarradora, que Gonzalo no pudo menos de sentir en el corazón.