Don Melchor quedó asombrado.

—¿De veras?

—Lo que usted oye.

Reflexionó un momento el señor de las Cuevas, y al cabo dijo:

—Bien; si quieres puedes ir al teatro a saludarla... Mientras tanto, yo voy a ver cómo se enmienda Domingo.

—¿De qué se ha de enmendar? Es una persona excelente—repuso el joven sonriendo.

El tío, sin comprender la ironía, le miró con desprecio.

—Vaya, veo que vienes tan ignorante como has ido... Te aguardo para cenar.

—No me aguarde usted, tío—contestó Gonzalo, que ya estaba lejos.—Quizá no cene.

Y sin tomar carrera, pero con extraña velocidad, gracias a sus descomunales piernas, salvó las calles, alumbradas por algunos raros faroles de aceite, en dirección al teatro. Cualquiera que le tropezase en aquella hora le diputaría por un inglesote de los muchos que llegan a Sarrió mandando barcos unas veces, otras a reconocer cotos mineros o a montar alguna industria. Su estatura colosal, su corpulencia, no son los signos característicos de la raza española, siquiera nos hallemos en una de las provincias del Norte. Luego, aquel gabán tan largo, las botas de tres suelas, el sombrero de forma exótica, denunciaban claramente al extranjero. Pues mirándole al rostro acababa de completarse la ilusión, porque era blanco y terso y adornado con larga barba rubia, los ojos azules, o más propiamente garzos, al igual de los que se ven casi sin excepción en las razas septentrionales. Aprovechemos los cortos momentos que nos quedan antes que llegue al teatro para proporcionar al lector algunos datos biográficos acerca de este mancebo.