—Desengáñese usted, Belinchón: en la dársena de usted, con viento entablado del Noroeste, no entran ni las sardinas.
El que más gozaba en esta fiesta, ¿quién lo diría? era un anciano, el buen don Mateo, a quien se debía exclusivamente. Para él, aquel baile significaba uno de los grandes triunfos de su vida. Más trabajo le había costado congregar allí a los enconados vecinos de la villa, que tomar un reducto a los carlistas en la acción de Guardamino. No cesaba en toda la noche de andar, mejor dicho, de arrastrarse de un lado a otro, expidiendo órdenes a los criados, al conserje, a la orquesta.
—Gervasio, ahora las bandejas de dulces... ¡Coged uno de cada lado, mastuerzos!—¿Qué quiere usted, señor Anselmo? ¿Piden los muchachos que en vez de vals sea rigodón? Pues toque usted rigodón.—A ver, pollos, que hay una porción de señoras en el tocador que no tienen pareja para salir.—¡Marcelino! ¿dónde se ha metido Marcelino? Baja al portal, que un pillo ha tirado una pedrada al farol, y lo ha roto.—¡Pero, don Manuel, si no son más que las dos! ¿Se quiere usted llevar ya a las niñas, y aún no hemos roto la piñata?
Aquella noche estaba rejuvenecido el buen señor. Gozaba por todos los jóvenes, como los místicos gozan en una comunión general. De vez en cuando sus ojos opacos se fijaban por encima de las gafas, en el globo de madera que colgaba en medio del salón, y lo acariciaba con una sonrisa de placer. Aquel primoroso artefacto, venido de Burdeos, estaba pintado con rayas azules y blancas. Por debajo de él pendía una multitud de cintas de varios colores, todas las cuales, menos una, quedarían en las manos de las señoritas, al tirar por ellas. A la que diera con la cinta que abría la piñata se le adjudicaba el globo, cargado, sin duda, de confites, y, según se decía, de chucherías muy lindas.
Gonzalo, en el medio del salón, mostrábase también alegre, departiendo cuándo con una, cuándo con otra dama. Había bailado con su cuñada un rigodón, y una polka y un vals con dos amigas de su esposa. Sudaba copiosamente. No cesaba de limpiarse la frente con el pañuelo. Su gran figura de coloso, descollaba como una torre por encima de todas las cabezas.
—¡Qué animado está el señor alcalde!—le decía una dama del bajo imperio.
—Hay que aprovecharse de la ausencia de Ventura—respondía el joven riendo.—¿Dónde está su marido, Magdalena?
—Por ahí anda.
—Baile usted conmigo esta polka. Vamos a engañar a nuestros cónyuges respectivos.
—No puedo. La tengo comprometida con Peña.