Porque se imaginó en seguida que había caído. Apeóse y reconoció el terreno, pero no dió con el jinete. Encendió cerillas, y nada, no encontró rastro del Duque.—«Puede ser que oyendo el galope de mi caballo, y temiendo que le alcanzase, se haya escondido por aquí cerca»—se dijo. Saltó a los prados, reconoció todo lo escrupulosamente que pudo a la luz de las cerillas los alrededores, miró detrás de los setos, escudriñó la maleza, siguió un buen trecho la orilla de un arroyo que había a la izquierda. Pero se agotó la caja de fósforos antes que pudiese topar con su enemigo. Dió la vuelta desesperado, bramando de rabia.

Si efectivamente el duque de Tornos andaba por allí escondido, ¡qué buen rato debió de haber pasado!

XIX

En que da fin la presente historia con algunos notables, cuanto tristes sucesos

Ventura, así que vió desaparecer a su esposo por el balcón, se vistió apresuradamente. Salió del cuarto en busca de algún criado. Justamente llegaba Pachín, con una luz en la mano, con la faz descompuesta.

—El señorito va corriendo detrás del señor Duque por la huerta—dijo, con voz apenas perceptible.

—¿Lo alcanzará?—preguntó la infiel esposa, muy pálida, aunque repuesta ya bastante del susto.

—No lo creo. El señor Duque tiene el caballo amarrado al lagar de Antón. Lleva delantera para poder montar, y entonces imposible seguirle.

—¿Dónde me escondo yo? Si vuelve, me mata.

—Lo mejor sería salir de casa, señorita... Venga conmigo.