—Quien debe apartarse es usted—replica el comerciante.—¡Al arroyo, al arroyo!
—Phs, phs, haga usted el favor de dejar franco el paso—responde el señor Miranda.
Ninguno de los dos se movía de su sitio. Habíanse desembozado y mostraban ya la punta aguzada de sus floretes.
—Tenga usted la bondad...
—Haga usted el obsequio...
¿Quién sabe la horrible tragedia que hubiera acaecido en Sarrió, si al cabo de un rato bastante largo de hallarse estos varones así detenidos en su camino, no se hubiesen reconocido?
—¿Sería usted tal vez don Feliciano?...
—¿Sería usted don Pedro?
—¡Don Feliciano!
—¡Don Pedro!