Las conversaciones de la tienda de la Morana eran menos interesantes y movidas que las del Saloncillo. A los viejos tertulianos les interesaban ya poquísimas cosas en el mundo. Los asuntos más graves de la villa, los que promovían tempestades en el Saloncillo, se trataban, o por mejor decir, se tocaban ligeramente sin apasionamiento alguno. Que los González habían despedido al capitán de la Carmen y nombrado en su lugar un andaluz.
—Cuando los González lo han hecho—afirmaba uno lenta y sordamente,—sus razones tendrían.
—Es verdad—contestaba otro al cabo de un rato, llevándose el vaso a los labios.
—Ripalda parecía un buen sujeto—afirmaba un tercero, después de cinco minutos, dejando el vaso sobre el mostrador y eructando.
—Sí lo parecía—replicaba otro gravemente.
Transcurrían diez minutos de meditación. Los tertulios daban algunos cariñosos besos al vaso, que parecía de topacio. Don Roque rompe el silencio:
—De todos modos, no hay duda que don Antonio le abrasó.
—Le abrasó—dice don Juan el Salado.
—Le abrasó—confirma don Benigno.
—Le abrasó—corrobora el señor Anselmo.