Don Roque disparó su revólver, gritando al mismo tiempo:

—¡Date, ladrón!

Tornó a desaparecer: tornaron a verle al llegar a la calle de la Misericordia.

¡Pum! Otro tiro de don Roque.

—¡Date, ladrón!

Pero el forajido, sin duda como recurso supremo, y para evitar que algún sereno le detuviese, comenzó a gritar también:

—¡Ladrones, ladrones!

Se oyó el silbido agudo y prolongado del pito de un sereno, después, otro, después otro...

La calle de San Florencio estaba bien iluminada, y pudo verse claramente al criminal deslizarse con rapidez asombrosa buscando en vano la sombra de las casas.

¡Pum, pum!