Comenzaron de nuevo su cántico las jóvenes, pero al llegar a aquello de

Sólo tú, mujer divina,
rezarás una plegaria
en mi tumba solitaria, etc.

Pablito soltó otro berrido estridente y atronador. Vuelta a la risa. Venturita se puso seria.

—Mira, Pablo, si has de seguir haciendo payasadas, más vale que te vayas con Piscis.

A su vez Pablito se pone fosco.

—Me iré cuando se me antoje. ¡Siempre has de ser tú la que todo lo eche a perder!

Quería decir con esto el joven Belinchón, que sólo su hermana Ventura se empeñaba en desconocer el ingenio con que el cielo le había dotado. Y así era la verdad. Todas las demás reían alborozadas, como si en vez de un berrido acabasen de escuchar un pasaje de Rabelais. Doña Paula, que sentía por su hijo primogénito admiración idolátrica, y al mismo tiempo guardaba cierto rencor a su hija por sus contestaciones, aunque se hallase grandemente pagada de su hermosura, vino en ayuda de aquél.

—Tiene razón Pablo. ¡Siempre has de aguar todas las fiestas!... ¡Jesús qué criatura!... Lo que es el hombre que te lleve, algún pecado gordo tiene que purgar.

En aquel momento apareció en la puerta de la estancia Gonzalo, quien se dobló como un arco para dar la mano a su futura suegra, a Ventura y a Cecilia. Esta se puso seria. Sin volver hacia ellas la cabeza, advertía que todas las costureras la miraban con el rabillo del ojo. Veía con el pensamiento el esbozo de sonrisa que se formaba en sus rostros.

Todos los días pasaba igual. Antes de llegar Gonzalo, las costureras se complacían en dirigir, siempre que venía a cuento, alguna pulla a la novia.