—¿Qué te parece, Cecilia?

—Me parece bien—contestaba ésta.

—Te parece bien, ¿de veras?—decía la madre mirándola fijamente a los ojos.

—Sí, mamá, me parece bien.

Doña Paula siempre quedaba en duda de si en realidad le placía o le disgustaba el vestido o lo que fuese.

Lloraba poquísimas veces, y aun esas, se ocultaba de tal modo para hacerlo, que nadie lo sabía. El mayor disgusto que hubiera tenido, sólo se denunciaba por una ligera arruguita en la frente; la mayor alegría por un poco más de intensidad en la sonrisa delicada, esparcida constantemente por su rostro. Cuando Gonzalo le escribió desde el extranjero, así que leyó la carta se presentó a su madre y se la entregó.

—¿Te gusta el muchacho?—le preguntó ésta después de leerla con más emoción que había manifestado su hija al entregársela.

—¿Te gusta a ti?

—A mí sí.

—Pues si te gusta a ti y a papá, a mí también me gusta—replicó la joven.