—¿El matadero?—preguntó aquél abriendo unos ojos como puños.
—Sí, el nuevo matadero; ¿crees que debe emplazarse en la Escombrera, o en la playa de las Meanas detrás de las casas de don Rudesindo?
Gonzalo vió el cielo abierto, y, sonriendo de placer, respondió:
—Yo creo que en la playa de las Meanas estaría bien... Muy abierto aquello... muy ventilado...
Pero notando que la frente de su suegro se fruncía, y en sus ojos se apagaba repentinamente la sonrisa, añadió balbuciendo:
—Tampoco me parece que estaría mal en la Escombrera...
—Mucho mejor, Gonzalo... ¡Infinitamente mejor!
—Puede, puede.
—Hombre, tan puede ser, que reservadamente te diré que el emplazarlo en la playa lo juzgo (hazme el favor de guardar reserva sobre esta opinión), lo juzgo... una verdadera insensatez... u-na ver-da-de-ra in-sen-sa-tez—repitió señalando mejor todas las sílabas.
—Y esta opinión mía—añadió—no vayas a figurarte que es de ayer mañana, sino de toda la vida. Desde que fuí capaz de entender ciertas cosas, comprendí que el matadero no debía estar donde hoy está. En una palabra, que debía trasladarse. ¿Dónde? Una voz interior me decía siempre que a la Escombrera. Antes de poder dar ninguna razón científica, estaba tan convencido como ahora de que allí debía emplazarse, y no en otra parte. Hoy que la resolución del problema se aproxima, me creo obligado a sostener esta opinión, a comunicar al pueblo mi pensamiento y el resultado de mis meditaciones. Si no tienes que hacer voy a leerte la carta que dirijo con este motivo al Progreso de Lancia.