Andrés observó, en una de sus frecuentes ojeadas, que Rosa iba descalza, y detuvo el paso.
—No había reparado en que vas descalza, Rosa.
—Tampoco yo—repuso ella mirándose tranquilamente a los pies.—Cuando chica andaba mucho así: no se me hace novedad.
—No, no puedes seguir de ese modo: te vas a hacer daño. ¿Quieres ponerte mis zapatos?
La joven soltó una carcajada.
—¿Sabe que tendría gracia, D. Andrés, que usted fuese descalzo?
—No será más que hasta la rectoral. Cuando pasemos por allí entraré y sacare mis borceguíes de caza... Vaya, póntelos, que me das gusto en ello...
La aldeana se resistió mucho tiempo, en broma primero, en serió después: le parecía un absurdo. Andrés insistía con afán, acometido de impulso caballeroso y galante: mas no pudo vencer su obstinación. Entonces se detuvo y dijo resueltamente:
—No doy un paso más si no aceptas.
Ella le miró sorprendida; pero viendo que, en efecto, no se movía, tomó el partido de aceptar. El joven cortesano se despojó rápidamente de sus zapatos, la hizo sentarse sobre la paredilla del camino, arrodillose delante y la calzó delicadamente, gozoso de dar una prueba de estimación a aquella gentil criatura, que tantas le había dado de constante afecto. Ella la recibió sonriendo, ruborizada y enternecida. Como Andrés tenía el pie chico, los zapatos le ajustaron regularmente.