—Es el tío Pedro, el mantequero—dijo Rosa al oído de Andrés.—¡Fortuna que no nos haya visto!

Cuando la recua se alejó, salieron de su escondite y siguieron la marcha. Andrés quiso informarse de la familia que Rosa tenía en Marín. Ésta le contó mil pormenores referentes a ella. La tía Eugenia era hermana de su difunta madre: estaba casada, pero el marido andaba por Sevilla ganándose la vida: tenía una hija de la edad de Ángela, llamada Máxima, y un hijo ya mozo también, que era quien llevaba el peso de la labranza: estaban bien de intereses; pero eran muy avaros todos, particularmente su tía: decían que el marido se había marchado por no sufrir su miseria: por cosa de pocos reales en una cuenta de maíz, había reñido para siempre con su padre. Ni a nosotros siquiera nos saluda cuando nos ve en el mercado... Así que tengo miedo que no me admita en su casa—terminó diciendo tristemente. Andrés la tranquilizó acerca de este punto. Si eran tan avaros, con dinero se arreglaría.

Llegaron al paraje en que era forzoso dejar el camino llano y tomar el de la montaña. Dejáronlo, en efecto, y comenzaron a subir por un sendero trazado en zig-zag entre los castaños. Dentro del castañar la sombra era espesa. Como llegaban del camino alumbrado por la luna, apenas veían. La oscuridad les infundió respeto, y guardaron silencio.

Rosa comenzó a marchar más de prisa, dejando atrás a su amigo. Éste a su vez, impresionado dulcemente por el misterio profundo del bosque y la agitación silenciosa de los pájaros e insectos que pululaban por el suelo y el follaje, aflojó el paso.

Al levantar la cabeza se encontró solo.

—Rosa, Rosa, aguarda.

—Vamos, D. Andrés, camine un poco más.

La voz de la aldeana hizo correr de repente por su cuerpo un estremecimiento amoroso. Cuando se juntó a ella y le dio otra vez la mano, Rosa la sintió tan ardiente y temblorosa que separó bruscamente la suya. No intentó de nuevo tomarla, y procuró refrenar el tierno y vago deseo que comenzaba a embargarle. Desde este momento hubo menos confianza entre ellos.

Salieron al cabo de los castañares, y se dispusieron a doblar la colina que les separaba de Marín. Hacia la cumbre estaba desembarazada de árboles. El terreno era más árido. La luna les alumbró nuevamente.

Rosa tornó a ser comunicativa y se aproximó a su protector risueña y confiada. Pero un rumor que creyó advertir detrás la hizo ponerse seria de pronto y detener el paso.