—¿Qué dices, Rosa?

La zagala alzó los hombros, y con los labios hizo una mueca expresiva que significaba indiferencia y dolor al mismo tiempo. Andrés la comprendió, y apoderándose de una de sus manos, dijo cariñosamente.

—No te pongas triste... Verás cómo mañana lo arreglo yo todo.

La joven siguió muda. Al cabo de un instante, Andrés observó que por sus mejillas resbalaban algunas lágrimas.

—¡No llores, Rosa, no llores!—profirió con acento conmovido; y rozando con los labios su oído, le preguntó:—¿Es verdad que me quieres?

—¿Pues si no le quisiera—repuso ella, apartándole dulcemente—estaría aquí a estas horas?

Al escuchar su voz, volvió a sentir el joven cortesano el mismo estremecimiento amoroso que le había acometido algunos minutos antes en el castañar. Una emoción deliciosa, una esperanza tentadora de placer sacudió su cuerpo de los pies a la cabeza, arrollando y confundiendo como ola poderosa todos los restantes sentimientos. No quedó más que un deseo. Y sin acertar a reprimirse, estrechó a la joven entre sus brazos brutalmente, aplicó los labios ardorosos a su mejilla y con voz trémula le dijo:

—Dame una prueba de que me quieres... dame una prueba.

Rosa hizo esfuerzos desesperados para desasirse. Al cabo lo consiguió arrojándole, con un empellón, de espaldas sobre la yerba, inerte, sin aliento. Después le miró fijamente, con expresión tan triste y dolorida que el joven se sintió conmovido. Alzose en cuanto pudo, y de nuevo se sentó a su lado con semblante risueño, aunque un poco avergonzado.

Dejó los medios de fuerza, que con una aldeana son inútiles; pero inquieto, febril, espoleado por un deseo omnipotente, comenzó a ensayar con ella todos los recursos de su experiencia amorosa, los mil artificios delicados que había aprendido en el comercio de las damas cortesanas. La tributó, uno tras otro, los homenajes y acatamientos que saben rendir los amantes finos, las caricias apasionadas, el testimonio de un amor respetuoso en la apariencia, en realidad libre y desvergonzado.