Cuando el joven Heredia se acercó al despacho del ferrocarril minero que enlaza el puerto de Sarrió con la villa de Lada, solicitando un billete de primera, el expendedor le clavó una mirada honda y escrutadora, y le examinó detenidamente de la cabeza a los pies, preguntándose con curiosidad:—¿Quién será este joven? Me parece que no le he visto hasta ahora. ¿Algún nuevo ingeniero que hayan traído los Iturraldes? Está bien flaquito el pobre.
En la vasta sala de espera, negra por el polvo de carbón, no había nadie. El expendedor pudo examinar largo rato aún al viajero. Al cabo de un cuarto de hora de pasear por aquel inmenso y sucio camaranchón, apareció un mozo con el rostro embadurnado también de carbón, empuñando una campana de bronce que hizo sonar con fuerza; y encarándose al propio tiempo con nuestro joven, gritó reciamente:
—¡Viajeros al tren!
—Oye, Perico—gritó el expendedor desde la taquilla.—¿Quién te ha mandado dar la señal?
—Es la hora—repuso el mozo, malhumorado.
—Y ¿quién te ha dicho a ti que era la hora?
—El reloj.
—Pues aquí no hay más reloj que yo; ¿lo entiendes, mastuerzo?—dijo el expendedor con voz colérica, sacando cuanto pudo el airado rostro por la ventanilla.—¡Vaya, vaya! ¡Pues no faltaba más que estuviésemos aquí sujetos a la voluntad de los señores mozos!—Usted dispense, caballero—prosiguió volviendo los ojos a Andrés;—pero este mozo es más animal que el andar a pie... Hoy no podemos salir a la hora en punto, porque va el señor gerente con el ingeniero a reconocer unas minas... De todos modos, no será cosa lo que nos retrasemos...
Andrés levantó la mano, como diciendo:—¡Por mí no se molesten ustedes!
Y siguió paseando por la sala con la misma calma.