—Oiga usted: ¿me podría informar si hay en la villa algún alquilador de caballos?

—Sí, señor; hay dos.

—¿Quiere usted guiarme a casa de uno de ellos?

Pero en aquel momento un joven alto, de nariz abultada y bermeja, vestido decentemente con pantalón y chaqueta negros, bufanda al cuello, negra también, y ancho sombrero de paño, también negro, los abocó, preguntando al viajero:

—¿Sería usted, por casualidad, el sobrino del señor cura de Riofrío?

—Servidor.

—Pues vengo de parte de su señor tío para que, si gusta de ir conmigo a las Brañas, lo haga con toda satisfacción. Tengo en la cuadra dos caballerías...

El enviado del cura mantenía suspendido el sombrero sobre la cabeza, sin quitárselo por entero ni acabar de encajárselo.

—¡Ah! ¿Viene usted de parte de mi tío? ¡Cuánto me alegro!... Pero póngase, por Dios, el sombrero... No esperaba yo esa atención... Pues cuando usted guste... Lo peor es el baúl... no sé cómo lo hemos de llevar...

—Que se lo traiga un mozo hasta la posada, y de allí podrá marchar en un carro... El carretero es de satisfacción.